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EL REGRESO DE LA POLÍTICA

Seguridad Nacional

Dr. Jorge A. Lumbreras Castro.

En el mundo tras los acontecimientos de 1989 y la caída de la antigua Unión Soviética se establecieron por medios económicos, políticos y comunicacionales las bases de un “nuevo orden” el cual consistió en tres ejes fundamentales: a) economía de mercado; b) elecciones libres; c) derechos humanos. Esta narrativa que desde el siglo pasado recibió la calificación de “discurso único” se abrió camino en la mayoría de los países. Para el caso de América Latina, tuvo su traducción en procesos de apertura y democratización política. Las promesas del nuevo orden eran simples y lineales: bienestar y desarrollo humano, pluralismo político, reconocimiento de las minorías y sociedades de derechos para todas las edades.

Sin embargo, las promesas del liberalismo democrático pronto mostraron lo que expertos en economía mundial, sociológicos, políticos, académicos y religiosos advirtieron desde mediados de la década de los noventa del siglo XX, a saber que el nuevo modelo de creación de riqueza y la democracia electoral generaban economías a escala, incentivaban el comercio mundial y facilitaban la globalización de las finanzas y las comunicaciones, sin embargo, al mismo tiempo, se registraba una creciente concentración del ingreso, inmensas fortunas se acumularon en las 300 empresas más grandes del planeta y el 16 por ciento de la población mundial concentraba la riqueza, los alimentos, la energía, la ciencia y la tecnologías, en otros términos, las promesas del liberalismo democrático se decantaron en una desigualdad global de profundas consecuencias sociales, familiares y comunitarias sin precedentes en la historia.    

La democracia liberal básicamente propuso que los sistemas políticos debían establecer instituciones para garantizar un grupo de condiciones básicas, entre estas: elecciones libres y frecuentes, dos o más partidos políticos, competencia política, acceso a medios de comunicación, árbitros confiables y respeto a los resultados por todos los involucrados en la disputa por el poder político. Esta es la base de lo que se llamó la transición a la democracia, es decir, establecer condiciones jurídicas e institucionales para que el voto de la ciudadanía se contara y se contara bien.

Es indudable que el establecimiento de instituciones electorales que organicen los procesos de elección pública de manera creíble y la existencia de autoridades que resuelvan las controversias que se pudieran dar en un proceso electoral son avances torales para el desarrollo político de cualquier país. Sin embargo, el principal desafío que comenzaron a registrar las viejas y las nuevas democracias fue que el modelo económico estableció altas condiciones y estándares para el acceso al desarrollo, que la desigualdad creciente no correspondía a las promesas democráticas, que la falta de expectativas y confianza en el futuro comenzó a generar incredulidad, escepticismo y desconfianza en los actores, partidos y organizaciones que participan en la vida política.  En otros términos, las nuevas democracias comenzaron a experimentar crisis de legitimidad y la viejas democracias a experimentar una mayor masa de problemáticas.

La crisis de expectativas y de legitimidad en la mayoría de las democracias ya no se va a resolver con cambios electorales en el poder político, por ello la política está de regreso. Los actores políticos ya no van a poder ser administradores de partidos y del poder público sin avanzar en agendas que profundicen la democracia. Los tiempos en que la crisis de expectativas se resolvía con cambiar al grupo en el poder se agotaron. El regreso de la política quiere decir que está vigente la política como filosofía, ideología y acciones políticas abiertas al debate público.

Hoy las ideas políticas están de vuelta y reclaman cosas centrales: igualdad, equidad, cambio, distribución de la riqueza, cuidado del medio ambiente y fin a las cleptocracias, es decir, fin al saqueo de las arcas públicas. También reclaman poner fin a la entrega de recursos nacionales a grandes empresas, a la privatización de lo público y al abandono de las políticas de salud, vivienda, empleo y seguridad social a gran escala.

El problema de la democracia contemporánea es que ya no puede ser la simple elección y rotación de élites, que de entrada, asumen que el mundo es como es y que poco se puede hacer. El mayor desafío de las democracias no son los sistemas electorales, en cambio radica en la capacidad transformadora de la democracia para acercar las diferencias sociales, para generar igualdad, para crear nuevas formas de legitimación de las acciones públicas, para generar culturas políticas en que se valoren y protejan los derechos, servicios y bienes que se obtuvieron con movimientos y organización política, con acciones efectivas para desterrar lo que genera diferencias y encono como la xenofobia, el racismo y el antisemitismo. El desafío está hoy en democratizar la familia, los mercados, las instituciones y la escuela, sin ello, la democracia seguirá amenazada y bajo asedio. 

La democratización de las sociedades, de la política y de las instituciones es una asignatura pendiente en la mayoría de las democracias contemporáneas. Si bien la democracia es un modo de dominación, también es cierto que su potencialidad para generar mayor igualdad y equidad ha sido contenida por la lógica de la economía de mercado y sus gerentes, lo cual encierra una contradicción mayor, y es que el liberalismo económico no podrá sobrevivir sin democracias fuertes, sin procesos profundos de legitimación y sin más capacidades de gobernabilidad que suponen  integrar a grandes sectores sociales al bienestar y al desarrollo.

Es absurdo que los poderes fácticos pidan más regulación y que cuando sobrevienen crisis derivadas de la falta de regulación acudan a los Estados para que financien los costos de la avaricia mediante los recursos públicos, como también es irracional que los Estados deban cubrir esas enormes pérdidas al considerar que de no hacerlo habría mayores costos para todos.  La política está de regreso porque la racionalidad económica ha devenido en una negación de la racionalidad social, porque las ciudadanía son empobrecidas por un modelo especulativo que ni sus creadores saben ya cómo funciona.  El regreso de la política está procesando con mayor o menor éxito los vacíos de confianza, legitimidad y gobernabilidad de la economía de mercado y de la democracia electoral. La democracia con adjetivos está de regreso y conviene a todos los actores darle sentido y proporción. Un modelo de creación de riqueza que genera pobreza e inconformidad social no lo va a procesar políticamente ninguna democracia electoral, se requiere que la política genere acuerdos para acercar la economía a las personas y a las comunidades, como se requiere de una nueva ética política y del poder transformador de las sociedades para mantener el orden de libertades a la par de ajustar el modelo económico bajo objetivos públicos.

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