Miguel Martín Felipe

Ya se ha hablado en estos mismos textos acerca de la urgente politización que se necesita en toda sociedad moderna. Sin caer en clichés, podemos afirmar que la política está presente en todo, pese a que la tendencia de la industria cultural a nivel mundial sea ocultarla o desdeñarla.

En días recientes pudimos ver una muestra de que, uno de aquellos influencers a quienes el establishment (el mercantil, que es el genuino por encima del político), coloca como puntas de lanza para delinear la opinión de los sectores más desinformados, el siempre infalible Chumel Torres, ha logrado levantar ámpula en la opinión pública condensando en un solo tweet toda una declaración de principios que los retrata de cuerpo entero a él y a sus seguidores. Torres publicó una imagen con el primer plano del personaje de una reciente película de Disney hecha en animación CGI. Se trata de una niña llamada Mirabel, que tiene 15 años y es colombiana. Estos datos son relevantes para entender mejor la imprecisión y la visceralidad de Torres, quien acompaña la imagen de la joven sonriente con la frase: “¿Cómo supiste que voté por Andrés Manuel López Obrador?”.

Resulta muy evidente que el ingeniero devenido en influencer y opinador político casual quiere reducir la simpatía por el presidente a un asunto de raza, con el cual incluso retrocede varios siglos atrás, tratando de relacionar el color de piel con la capacidad intelectual, a su vez bajo el supuesto de que solo los tontos votan por la izquierda.

Chumel consiguió justo lo que quería: enardecer a las redes, despertar la indignación de los aludidos y las reivindicaciones de muchos de sus seguidores que enarbolan la bandera de una muy pobre emulación del humor gringo más cínico.

Sin embargo, hay otra interpretación que se ha escapado a diversos análisis. Más allá de que tuvo una calidad regular, en la película Encanto trasluce el espíritu de Gabriel García Márquez, más concretamente de Cien Años de Soledad, donde se funda un pueblo alrededor de una familia desplazada por un conflicto inicial, y sus integrantes son los personajes más ilustres del pueblo gracias a sus peculiaridades. Otra similitud es que el destino de la familia está predeterminado. El mágico caribe colombiano con su colorido selvático, sus ritmos y sus sabores, se ven plasmados en una obra audiovisual bien lograda en este aspecto. Tal vez las referencias más obvias sean las mariposas amarillas y la preeminencia de la figura matriarcal como eje de la historia familiar.
¿Pero saben qué es lo más lamentable? Que todas estas referencias pasan desapercibidas y son desplazadas por una profunda vacuidad en el debate impuesta no solo por Torres, sino por toda una generación que se presupone con la agudeza, inteligencia y nivel de análisis necesarios para realmente tomar las decisiones que le den rumbo al país. Se logra ver en nuestra realidad actual, no solo a nivel nacional, sino mundial, que la industria del entretenimiento está teniendo una influencia muy fuerte en ciertas franjas de la sociedad que adoptan una idea de inteligencia solamente basada en la abundancia de léxico que proveen los verborreicos diálogos de las series y películas de la oferta en streaming.

Mientras algunos procuramos elevar el nivel del debate al abrevar en la mayor cantidad de fuentes posibles para analizar el acontecer actual del país y procurar que se logre un cambio profundo, atrás y a los lados se deja entrever una multitud de personas cuyos argumentos son el chiste rápido y ofensivo, el desdén por la política y una retorcida filosofía del carpe diem digital.

Episodios como este nos hacen ver que no podemos cejar en el empeño de politizar a la población. Ya no influye Televisa como antes, pero la invasiva industria cultural que se empeña en dejar cerebros vacíos es, sin duda, el enemigo a vencer ideológicamente en los años venideros.

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