Miguel Martín Felipe Valencia

«Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas»

Con esas palabras abre Allen Ginsberg el mítico poema Aullido, bandera refulgente de la generación beat.

Permítaseme retomar la cita y matizar. Yo cambiaría “locura” por “ignorancia”. Y, acá entre nos, tampoco es que se trate de las mejores mentes, al menos en el caso de mi generación.

El abaratamiento de la cultura, con el meme como lengua franca, el reggaetón como la música definitiva y el corrido tumbado como el pináculo de la poesía de nuestro tiempo, que infunde gran espíritu en coros monumentales de buchones y buchonas; es solo una etapa más del experimento llamado capitalismo. Esto mismo, tal vez con un discurso menos elaborado para que lo puedan entender, se lo he dicho en su cara a varios grupos de jóvenes que no han tenido argumentos para contradecirme.

Muchos entusiastas pensaban que al quedar atrás la ‘caja idiota’ y portar en nuestros bolsillos todo el conocimiento del mundo nos volveríamos una especie de sociedad cósmica ultra evolucionada, casi como el niño de las estrellas en que David Bowman se convierte al final de 2001: Una odisea del espacio, como alegoría del advenimiento de una nueva humanidad. Sin embargo, el surrealista y poético utopismo de cierta corriente de la ciencia ficción se topó con pared cuando se vieron cumplidos -e incluso superados- los vaticinios de Orwell, Huxley o Bradbury.

Por presión de Estados Unidos y todo lo que este país representa ideológica y económicamente, el mercado laboral mexicano se pauperizó gradualmente desde la firma del TLCAN en 1994, pero recibió el golpe de gracia con la reforma laboral promulgada por Felipe Calderón en 2012. Los contratos por hora, las jornadas de trabajo extendidas y el temido outsourcing llegaron para quedarse y ajustarse a un panorama en que las transnacionales son las que imponen condiciones.

No se creó ni una sola universidad pública nueva para atender la demanda de profesionistas, pero, en cambio, proliferaron las instituciones de dudosa calidad que ofrecen carreras enfocadas a los sectores legal, económico y administratvo, así como recursos humanos, y que convenientemente están diseñadas a la medida de aquellos que buscan un puesto de trabajo, pero no se entienden muy bien ni con las matemáticas ni con la gramática.

Por otro lado, a la par de todo este proceso, fue creciendo una corriente basada en el culto a las posesiones materiales, a la ostentación y a la propia personalidad. El discurso individualista con tintes de autoayuda, enmarcado en modas como la música de banda, el reggaetón, el trap y demás géneros, encontró acomodo en redes sociales a partir de la fallida guerra que desató Felipe Calderón. El estilo de vida ostentoso y kitsch de quienes se movían dentro del narcotráfico se volvió una especie de ideología que llenó el siempre aspiracional vacío de identidad que gran parte de las masas suele padecer.

La plataforma Tiktok está plagada de videos cortos que reivindican la mentalidad buchona y su contenido es retomado como parte de una doctrina individualista seguida por millones de personas que no necesariamente serían capaces de siquiera empuñar una resortera, pero que rescatan la sabiduría del mundo narco, ahora disfrazada de discurso motivacional, para reivindicar el valor de su yo, sus posesiones materiales y sus capacidades en contraste con el resto de la sociedad. En mi particular caso de intento de pensador nacido y crecido en la periferia, me basta con dar un repaso a los estados de dos o tres contactos para encontrarme con frases como:

«¿Que soy culera? Sí, soy culera.

¿Que soy mamona? Sí, soy mamona.

Pero gente que me conoce sabe que soy una amor de persona.

Nomás que a mí me enseñaron a tratar a la mierda como mierda y a la gente como gente.»

«Nunca, nunca me podrás tener de la misma manera como la primera vez. La segunda, la segunda vez ya vengo sin sentimientos y con heridas. Te presento a tu obra maestra».

[Todo esto dicho por una voz de hombre con acento norteño mientras una mujer escultural de atavíos igualmente norteños y cabello negro planchado baja sonriendo de un auto de lujo].

«¿Que yo me creo mucho? Yo me creo lo que soy. ¿Que para ti es mucho? Ese no es mi problema».

[Una voz de mujer con acento caribeño y reggaetón de fondo, mostrando la imagen de una chica disfrazada del personaje Harley Quinn avanzando en cámara lenta hacia la cámara sonriendo y empuñando un bat en postura amenazante].

«Vuélvase cabrona, mija. Porque de buena, de buena me la toman como pendeja, y así ‘usté no me sirve.

¡Arre!»

[Un buchón guapo, hombre de lentes oscuros, gorra alusiva a un equipo de la MLB y acento norteño, igualmente con música de acordeón de fondo que alude a los corridos tumbados].

Pues bien, se ha hablado de subcultura y contracultura, pero ahora introduzco el término anticultura, que es lo que realmente practican muchos de mis coetáneos que a través de ella pretenden erigirse en una retorcida versión del súper hombre de Nietzsche. Se trata de una muy acabada, tropicalizada y agropecuaria versión del pensamiento individualista promovido por el neoliberalismo, la cual, sin necesariamente caer en juicios de valor, pareciera ser una de las más graves enfermedades que padece nuestra sociedad actual.

Quienes luchamos desde la trinchera de las ideas combatimos todo esto. Y aunque algunos prefieren desdeñar estos fenómenos y centrarse en círculos sociales más proclives a su mensaje, me parece pertinente seguir analizando este complejo constructo anticultural sobre el cual abundaré en próximos textos.

Twitter: @miguelmartinfe

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