Miguel Martín Felipe Valencia

En octubre de 1993, Ignacio Ramonet, periodista y teórico español de la comunicación, escribió un muy interesante ensayo en Le Mond Diplomatique, diario francés del cual, en ese momento, era director editorial. El nombre del texto es Informarse fatiga, y se trata de una reivindicación de la importancia del hacer periodístico meticuloso y comprometido con la verdad, pero al mismo tiempo es un acicate para las audiencias, que por ese entonces comenzaban a privilegiar el visionado de un noticiario televisivo en detrimento de la información escrita.

El panorama en México está sumamente enrarecido desde 2018. Recordemos que había toda una planeación que había resultado muy efectiva en los procesos electorales pasados, pues simplemente bastaba con invertir en una guerra sucia bien articulada en medios para que el resultado se inclinara en favor de los intereses de siempre. Una de las formas más burdas, pero a la vez efectivas en que se buscaba influenciar a la población era, por ejemplo, poner a dos conductoras en un programa de revista matutina charlando de manera casual en un sofá sobre el miedo que les producía la posibilidad de que un personaje de izquierda como AMLO ascendiera al poder, pues eso implicaría devaluación, más delincuencia y algo sumamente abstracto, pero que hasta la fecha sigue aterrorizando a algunos despistados: la posibilidad de “convertirnos en Venezuela”.

Sin embargo, y como ya se sabe, hubo una especie de primavera en redes sociales que contrarrestó esta tendencia e impidió que la estrategia presupuestada tuviera efectividad. Muchos ciudadanos tuvieron a su alcance la información política a través de las redes sociales, por lo que, de manera casi inconsciente, se convirtieron en participantes activos del debate público, totalmente politizados y con la posibilidad real de tomar partido en una u otra ideología, y para desgracia del establishment conservador, muchos de estos conversos optaron por el progresismo, no solo en cuanto al activismo en redes, sino también en las urnas.

Como es natural en todos los países y regímenes que se precien de ser democráticos, claro que en México hay un legítimo espacio para quienes discrepan con el gobierno y enarbolan banderas distintas al proyecto que se implementa actualmente en el país. El único problema en todo esto es que los medios tradicionales, es decir; tanto la prensa escrita como los audiovisuales del espectro radioeléctrico están inequitativamente cargados hacia la derecha, toda vez que los empresarios de medios desde un primer momento fueron parte del grupo hegemónico que gobernó México bajo un esquema de saqueo y privilegios, mientras que a las audiencias se les adoctrinaba con un discurso de nacionalismo barato y se les entretenía con contenidos que insultaban cada vez más su inteligencia conforme avanzaban las décadas.

Puede ser que estemos ante el nacimiento de una nueva ciudadanía que tiene por característica el rechazar la pasividad de la comunicación unidireccional, que busca información, la contrasta, y puede emitir en tiempo real una opinión fundamentada que potencialmente tendrá alcance mundial. Por otro lado, tenemos a otro sector minoritario de la población que recibe los mensajes de los medios tradicionales y sigue idealizando a quienes los emiten, pues considera que se trata de gente “preparada”, y que, como aparece en la televisión, habla desde una cabina de radio o escribe para un periódico de circulación nacional, necesariamente está diciendo la verdad.

Sin duda, el ver en estos tiempos un noticiario televisivo no es informarse, es un acto de ocio, y de algo tan vacío no puede provenir una opinión fundamentada. El tomar la conveniente postura de seguir legitimando y replicando el mensaje del grupo hegemónico que a los cuatro vientos acusa la destrucción del país solo porque le arde en el alma que un nuevo régimen privilegie a los otrora ignorados; es un inconsciente acto de anti patriotismo. Sin embargo, la ciudadanía se sigue politizando masivamente, la empatía se sigue normalizando y cada vez más personas están interesadas por saber sobre la historia del país con la clara intención de no repetir los errores del pasado.

Considero que la esencia del ensayo de Ramonet sigue vigente, pero adaptada al esquema de redes sociales. Quienes producimos contenido sobre política en estos medios tenemos la obligación de redoblar esfuerzos en aras del rigor y del compromiso social; de otra forma, y aunque no guste la idea, terminaremos por volvernos la nueva “caja idiota” de la era posliteraria. Hay mucho por mejorar, pero vamos muy bien.

Twitter: @miguelmartinfe

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