Miguel Martín Felipe Valencia

Bien sabido es, para quienes estamos metidos hasta el copete en los asuntos de la política nacional, que hay una guerra de narrativas librándose ante nosotros. Incluso, para el caso de quienes ejercemos el periodismo, nos vemos obligados a tomar parte de esta guerra que no da tregua.

Se vive un contexto histórico muy particular, no solo en México, sino en Latinoamérica. La población de diversos países está apostando sistemáticamente por la izquierda. Así lo demuestran los triunfos de Alberto Fernández (Argentina), Luis Arce (Bolivia), Gabriel Boric (Chile), Pedro Castillo (Perú), Xiomara Castro (Honduras) y más recientemente el de Gustavo Petro (Colombia), así como el de Lula Da Silva (Brasil) que se avizora en octubre de este año. Hay un panorama muy halagüeño para la izquierda en la región, y que no tiene precedente histórico, puesto que México fue marginado de las anteriores oleadas, tanto en 1988 como en 2006 por medio de sendos fraudes.

Las estrategias mediáticas de desprestigio que experimenta el gobierno de AMLO son prácticamente las mismas que en su momento se aplicaron en contra de Dilma Rousseff, Hugo Chávez, Lula Da Silva o Evo Morales. Todos ellos fueron en su momento acusados de vínculos con el narcotráfico, violadores de derechos humanos y desobediencia de lo que dictan organismos internacionales como la ONU o la OEA.

La reciente Cumbre de las Américas, celebrada en Estados Unidos en la segunda semana de junio, sirvió para demostrar la influencia de AMLO en la región y en general en el movimiento que se articula en ella. Como sabemos, el presidente de México se negó a asistir al evento si no eran invitados todos los países de América, bajo el argumento de que no pueden ser excluidos de manera arbitraria sin dejarlos expresar sus posturas dentro de un marco de igualdad.

Finalmente, López Obrador hizo efectiva su protesta y delegó en Marcelo Ebrard la responsabilidad de representar a México. Sin embargo, el fantasma de AMLO flotaba en el ambiente. Hubo vítores hacia él y hacia nuestro país, y sin tapujos se expresó la solidaridad con Cuba y Venezuela, así como el repudio a las sanciones unilaterales que estas naciones sufren y que, sin duda, repercuten en el pueblo llano.

Nunca antes fue tan apremiante para el establishment estadounidense hacer frente a lo que ellos, dentro de su ignorancia, llaman “comunismo”. Las décadas y los millones invertidos en la industria cultural para mantener vigente la campaña de desprestigio en contra de toda doctrina distinta al capitalismo rapaz y excluyente que Estados Unidos promueve como el pináculo de la evolución humana; parecen ya no ser suficientes. La gente de Latinoamérica, siempre gustosa de consumir sin reparo todo aquello que proviene del “país de la libertad”, está desarrollando una conciencia de clase y una memoria histórica que le hacen discernir cada vez mejor y razonar su voto con una mejor perspectiva, tomar las calles cuando hace falta, así como cuestionar, rebatir y contrastar información en tiempo real a través de redes sociales.

En nuestro país, en vista de que jamás se pudo demostrar la colusión de AMLO con el narcotráfico y la versión perdió fuerza después de las elecciones, pues solo fue creada con ese fin; la nueva estrategia es magnificar las cifras de periodistas asesinados para que las audiencias de medios tradicionales infieran que es el propio gobierno quien los mata. El pasado 14 de junio, el reportero de Al Jazeera John Holman se presentó en la conferencia matutina para prácticamente recriminar al presidente estos asesinatos y acusar impunidad. El presidente se limitó a rebatirlo con información puntual sobre cada caso.

Sin embargo, al aparato que genera este tipo de narrativas, la explicación de López Obrador y el que éste dé la cara no es importante, pues lo importante es hacer que la narrativa se haga cada vez más ruidosa y encuentre eco a nivel mundial. El remate de todo esto es la organización internacional Civicus, emparentada con Freedon House y la USAID, decretando que México es un país donde no se respeta la libertad de prensa y nos pone en color naranja dentro de un escandaloso mapa cuyos indicadores son cuestiones como los encontronazos con Loret de Mola o Joaquín López Dóriga, lo cual, como sabemos tiene una serie de matices que ni siquiera vale la pena recapitular. Si el mapa determinara en qué países se encuentran los periodistas más corruptos y dónde la prensa ataca más al presidente por motivos puramente mercantiles e incluso raciales, sin duda, México aparecería en rojo y yo no tendría argumentos para rebatirlo.

Lo que todas estas cúpulas olvidan, es que la ciudadanía ya no es un agente pasivo, y sus esfuerzos, que implican inversiones ingentes, simplemente no dan resultado. Tal vez sea ahora el establishment el que deba cambiar su paradigma y adecuarse a los nuevos tiempos. Con una ciudadanía más despierta, la llamada “marea rosa” que poco a poco va cubriendo Latinoamérica solo tiene visos de seguir creciendo.

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