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Miguel Martín Felipe Valencia

La historia moderna de la humanidad está marcada por la pugna constante entre dos facciones antagónicas: ricos (opresores) y pobres (oprimidos). Desde la aparición de El Capital de Karl Marx en 1867, el mundo, o al menos una parte de él, cayó en cuenta de que las masas oprimidas y alienadas deberían armarse para la lucha y estar en permanente resistencia ideológica con el fin de mantener las tradiciones y la identidad de los pueblos, que, en las versiones más recientes del capitalismo, se volvieron objeto de aniquilación por parte de las estrategias globalistas y neoliberales.

Si bien siempre fue efectivo el mensaje de la industria cultural para legitimar como correcto el statu quo en que los ricos se vuelven más ricos, mientras que a los pobres siempre se les promete dejar de serlo si se esfuerzan lo suficiente; la proliferación de los medios cibernéticos hizo más difícil para el establishment el poder controlar la comunicación de masas como lo hizo hasta aproximadamente la primera década del Siglo XXI. Las personas de todo el mundo se empezaron a comunicar entre sí, venciendo un cerco mediático que no fomentaba la cultura, las artes ni el pensamiento crítico.

Las redes sociales fueron un genuino soplo de aire fresco para una sociedad adormilada por los contenidos televisivos, que cada vez tendían más a insultar la inteligencia de las audiencias con bodrios insufribles y la irremediable dependencia de un esquema de comunicación unidireccional.

En este contexto de redes sociales, que ya han provocado “primaveras” latinoamericanas, dentro de las cuales el gran hito es la elección de 2018 en que Andrés Manuel López Obrador ganó la presidencia de México; toma cada vez más relevancia una caterva de ideólogos efectivos, articulados, estéticos y convenientemente “triunfadores”. Explotando los estereotipos positivos que la industria cultural siempre ha vendido en los medios de comunicación, los poderes fácticos, a través de entidades como el CATO Institute o Fundación Libre (definidos como think tanks o laboratorios de ideas), han delineado a personajes de alta penetración mediática y efectividad comunicativa como sus voceros para adaptarse a las redes sociales.

Las proclamas de estos personajes, que no son otra cosa sino aquello que los grupos de poder de la derecha los han instruido para difundir, son tan confusas y contradictorias como “la paz” y “la libertad”.

Recientemente he tenido la oportunidad de leer uno de los libros insignia de este movimiento autoproclamado como “libertario”. Se trata de El libro negro de la nueva izquierda. Escrito por Agustín Laje y Nicolás Márquez, ambos estridentes pensadores argentinos convenientemente anidados en la academia; es básicamente un panfleto encaminado a desalentar los posibles ímpetus revolucionarios de la juventud, ya que muestra una visión de la historia en que los progresistas son torpes y contradictorios en el mejor de los casos, o malvados y misántropos en el peor. Particulariza y magnifica suposiciones o asegunes para pintar a Marx como un mantenido, a Ernesto Guevara como un asesino sanguinario y a Michel Foucault como un sodomita motivado ante todo por sus apetitos sexuales.

Si bien el aparato epigráfico y de citas textuales está adecuadamente construido, el verdadero punto fuerte de esta obra, que, considero yo, cumple mejor la tarea de adoctrinamiento o incluso enardecimiento de los más desinformados, es la ligereza con la que ambos autores adjetivan. Pueden destruir a un personaje y todo su legado cebándose contra él con una serie de calificativos altamente cáusticos. A manera de broma he comentado que nunca pensé atestiguar cómo Argentina daba a luz a un adjetivador más prolífico que Borges, pero con Laje y Márquez me he sorprendido por partida doble.

No he de disuadir al lector de explorar esta nueva pieza de aleccionamiento por parte de la derecha. Al contrario, me parece un ejercicio interesante enterarnos de cómo la derecha, francamente golpeada y sin los bríos de otras décadas, trata de reagruparse e infiltrar alfiles en ámbitos que se han salido de su control, como lo son las redes sociales. Si bien los jóvenes llegan a ser susceptibles de ser adoctrinados por la palabrería “libertaria”, la tendencia, y así lo demuestran las recientes elecciones en México y en general en Latinoamérica, es que la derecha cada vez pierda más fuerza en lo que a alcance mediático se refiere, y, por lo tanto, también en cuanto a hegemonía. Nuestra tarea es seguir atentos y siempre informándonos, porque el campo de batalla ideológico ha venido a nosotros y debemos portarnos a la altura.

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