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Por Miguel Martín Felipe Valencia

La lengua es un código complejo que se comparte dentro de una comunidad y sirve como vehículo para la transmisión del pensamiento. Asimismo, el acto de habla, aparte de ser anatómico es también social. A través de la lengua se construye la hegemonía.

Un mito muy difundido es que hay unas reglas preestablecidas por la Real Academia de la Lengua Española y que todos los hablantes estamos obligados a seguirlas sin excepción. Sin embargo, las reglas de la RAE se generan con base en la evaluación del estado actual de la lengua, por lo que los vocablos y expresiones se legitiman primero en la práctica, y luego es la RAE la que lo suscribe. Por ello, las reglas sólo son un referente de cómo se habla nuestro idioma en este momento de la historia y no constituyen propiamente una normatividad.

Si a las reglas nos remitimos, nos sorprendería darnos cuenta que no se mide a todos igual. Una práctica muy común es la de estigmatizar sólo a los estratos sociales más bajos y magnificar sus incorrecciones lingüísticas. Aquí van unos ejemplos muy ilustrativos.

«¿Qué dijistes? ¿Por qué lo hicistes? »

Es muy fácil pensar que quien utiliza estas flexiones verbales es un “ignorante”. No pocas veces se ha juzgado al presidente AMLO por hacerlo en la conferencia matutina, que es actualmente la vitrina mediática de mayor difusión en el país. Y aunque ciertamente se trata de una incorrección, habría que explicar el origen.

Según el concepto de economía de la lengua, acuñado por el suizo Ferdinand de Saussure, quien estableció la lingüística como ciencia, el hablante busca la forma más efectiva para comunicarse; el camino más corto. Esto se traduce en el empleo de la lógica. Si todas las conjugaciones de un verbo terminan con s en segunda persona del singular, quien no está al tanto de la regla o no tiene la costumbre de aplicarla, agregará la s para remediar lo que parece una irregularidad.

Dices, dirías, dirás, dijeses, dijeras, dijiste

«¿Venías o vienes?»

«-Buenas tardes. Venía a preguntar si ya se abrieron las inscripciones.

-¿Venías o vienes?

-Venía. Disculpe.»

Esa última línea la dice un adolescente agachando la cabeza un tanto apenado, mientras quien atiende la ventanilla disfruta de su efímero triunfo. Este ejemplo es sumamente ilustrativo de cómo algunas personas en una situación de ventaja, ya sea social o económica, hacen usufructo de la lengua para reafirmar su “poder” sobre otros en una situación que realmente no lo amerita. Profesores, personas que atienden ventanillas o escritorios, gerentes, funcionarios públicos y muchos otros actores sociales en posición de cierta ventaja, se dan el lujo de corregir a su interlocutor, pero sin base alguna, sólo aprovechando su posición.

En realidad, y para conocimiento de quien no lo sepa, en las distintas gramáticas del español se recoge que el uso del copretérito (venía, quería saber) y el pospretérito (me gustaría decirle, me encantaría si pudieras acompañarnos) son marcas de cortesía, y se trata de un fenómeno presente en otras lenguas como el francés, el inglés o el portugués. ¿Qué tal si se lo explican a su interlocutor cuando trate de hacerles esa corrección?

Criterios dispares

Y para finalizar, aquí va un ejemplo que ilustra exactamente el sentido de este artículo. Imaginen a una estudiante medicina de la UNAM o de alguna universidad privada. Su tono de piel es claro y su cabello castaño natural. Cuando se le pregunta sobre si ya se siente preparada para atender un parto.

«Güey, literal, yo me moriría, porque no tengo como la metodología muy clara ¿sabes?, o sea, no tengo como claro por dónde empezar, y tampoco tengo como el temple necesario. Neta, me comerían los nervios.»

Para empezar, los adverbios son palabras que modifican a un verbo, es decir; nos dicen de qué modo se lleva a cabo una acción. La palabra literal pretende ser usada como adverbio, pero en realidad su morfología la restringe a ser adjetivo (Ej. una traducción literal), por lo que le falta un sufijo (-mente) para modificar al verbo: literalmente.

El como que se utiliza abundantemente en este fragmento realmente no cumple función alguna, es sólo una muletilla, pero que no se juzga con el mismo rigor que el resto, porque suele ser utilizada en estratos altos de la sociedad y no se pone especial atención en ella.

La otra muletilla, «¿sabes?», es un calco de su equivalencia en inglés: «you know?». En español, si bien no es agramatical, tampoco cumple una función concreta. Otro fenómeno muy recurrente es la imitación de expresiones en una lengua que se considera con más prestigio que el español, y en nuestro contexto, esta lengua es el inglés.

Sin embargo, por su posición social, etnicidad idealizada por los medios y el perenne culto a la profesión del que ya he hablado, una persona con esa descripción es mucho menos susceptible de que se haga escrutinio de sus incorrecciones del habla, porque la predisposición a que alguien de un estrato bajo, sin estudios y probablemente con un tono de piel más oscuro “hable mal” es un estigma social muy difícil de borrar.

Un cambio verdadero

Ya he dicho que vivimos tiempos interesantes en lo que a visibilizar flagelos sociales se refiere. Por eso quiero añadir al debate público la cuestión lingüística, que también es relevante y que debe formar parte del proceso de descolonización que la sociedad mexicana experimenta, y que los periodistas, echando mano del conocimiento que podamos poseer, estamos llamados a que se lleve a cabo de una manera integral.

Estaré ansioso de leer sus comentarios o incluso atender sus consultas gramaticales.

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