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Miguel Martín Felipe Valencia

La tercera semana de mayo de 2022 ha estado marcada por la vuelta a la agenda pública de dos temas preocupantes sobre los cuales nuestra sociedad empieza a concientizarse. Durante muchos años, y podría decirse que, desde los tiempos de La Colonia, los temas del racismo y el clasismo eran una especie de tabú, y el mencionarlos una transgresión al orden social. El sistema de castas que se estableció durante la colonia resultaba tan enrevesado como el de La India, con la diferencia de que, mientras en La India esta distinción tenía un componente religioso, los criterios para las fronteras de clase en la Nueva España eran puramente económicos y raciales.

El panorama en Estados Unidos, nuestra nación vecina, fue también muy diferente. El componente racial fue clave dentro de la Guerra de Secesión entre 1861 y 1865. Los llamados ‘yanquis’, defensores de la unión federal de 1776 y partidarios de la abolición por la cual propugnaba Abraham Lincoln; se enfrentaron a los confederados del sur, donde existía toda una normalización de la esclavitud, de la cual eran víctima las poblaciones afrodescendientes traídas de África. Para darnos una idea de lo que esto implicaba, podemos remitirnos al libro Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, donde se relata cómo los pobladores del África negra eran literalmente secuestrados en masa para utilizarlos como fuerza de trabajo virtualmente animal:

«A la rapiña de los tesoros acumulados sucedió la explotación sistemática, en los socavones y en los yacimientos, del trabajo forzado de los indígenas y de los negros esclavos arrancados de África por los traficantes».

En México simplemente no ha habido conflictos significativos motivados por el componente racial. Si acaso se podrían considerar luchas de clase la Revolución y la Guerra de Reforma, aunque esta última enfrentó a dos facciones igualmente hegemónicas, pero con ideas político-religiosas contrapuestas.

Por muchas décadas, sobre todo durante el periodo de hegemonía priista, pero más aún durante el régimen neoliberal, la industria cultural fue clave para normalizar el racismo y el clasismo. El llamado ‘cine de ficheras’ y las telenovelas donde se mostraba de manera edulcorada la lucha de clases, contribuyeron a difundir toda una gama de léxico peyorativo contra las minorías y las clases menos favorecidas. En México, al igual que en el resto de Latinoamérica, el pertenecer a una etnia de los pueblos originarios o simplemente no tener un color de piel distinto al blanco, difundido en los medios como el ideal; es sinónimo de pobreza y prácticamente de la imposibilidad de acceder a un nivel superior en la escala social.

En el imaginario popular son perfectamente aceptables, al grado, incluso, de considerarse como ‘valores’, cuestiones como el culto a la profesión, la búsqueda de “mejorar la raza”, a partir de buscar una pareja lo más cercano posible al estereotipo caucásico, o el instar a las personas a vestir con apego a los estándares estéticos de los grupos hegemónicos; el famoso “como te ven te tratan”.

Y qué decir de los prejuicios en torno a las incorrecciones del lenguaje. Los errores gramaticales de las clases menos favorecidas son magnificados y se constituyen en estigmas sociales, mientras que, los errores y muletillas recurrentes en las clases acomodadas, no sólo son aceptados o pasados por alto, sino que en algunos casos son adoptados como marcas de prestigio por quienes aspiran a elevar su estatus social a partir del lenguaje; un fenómeno muy recurrente atestiguado por la sociolingüística. Probablemente elabore un poco más estos aspectos en una próxima entrega si les parece interesante.

Güeras que se quejan porque el instalar un bar tipo “Insurgentes Sur” en Polanco le resta prestigio a la zona, panelistas de mesas en medios corporativos que minimizan el problema del racismo y aducen que es un discurso que “alimenta el nacionalismo populista” o esbozos de comediantes que no tienen mejor forma de parecer ‘audaces y provocadores’ que echar mano del racismo para bromear. Así una semana más en México de este proceso histórico en que, como lo cantara Bob Dylan en el 64, «los tiempos están cambiando».

Twitter: @miguelmartinfe

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