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A la memoria de Enrique Metinides

·         Reportero gráfico de las policiacas

·         Las piedras rodando se encuentran

COSA DE PRENSA

Javier Rodríguez Lozano

Ciudad de México , viernes 13 de mayo de 2022.- Este Día de las Madres falleció Enrique Metinides, el fotoperiodista pionero de la nota roja ilustrada en México, tan grande como el primer corresponsal de guerra en el mundo, Roberto Capa, cronista gráfico de la Guerra Civil Española, que Hemingwey llevaría a Por quién doblan las campanas… Pero esa es otra historia.

Dicen que, si no te alineas con los astros, los astros te alinean, pero a chingadazos. Dicho de otra manera, si no le hacemos caso a la vida, la vida hace que le hagamos caso de cualquiera manera, casi siempre a la mala.

A lo mejor ese fue el caso de los periodistas Alberto Domingo, Julio Ernesto Tessier “El Oso”, Luis Cantón Márquez, Enrique Metinides, quien esto escribe y muchos otros más, todos, en alguna circunstancia de nuestras vidas nos encontramos al fotoperiodista policiaco del periódico La Prensa, Antonio “Indio” Velázquez Trejo, y nuestras vidas cambiaron.

Tal fue el caso de Enrique Metinides, que a la periodista Graciela Kasep, le confesaría que él quería ser piloto, pero: “Me volví fotógrafo sin querer”.

Luego escucharía de El Indio Velázquez decir algo que, al igual que su técnica del fotoperiodismo policiaco, él haría suyo: “No somos fotógrafos, somos reporteros gráficos; los fotógrafos están en la Basílica de Guadalupe”.

Dicen que “las piedras rodando se encuentran”.

Enrique Metinides y yo viajamos incontables veces a bordo de las ambulancias de la Cruz Roja, de Polanco, en busca de la nota para el periódico La Prensa, en lo que llamábamos “la guardia caballona”, que empezaba a las seis de la tarde y terminaba a las dos de la mañana.

Pero nunca platicamos de nuestros orígenes que parecían ser los mismos, aunque él era prácticamente griego y yo descendiente de quienes hicieran la Batalla del Mixtón, que cobrara la vida de Pedro de Alvarado, los chichimecas pues; pero no hablo de los orígenes de la sangre, sino de los orígenes del alma… Del alma mater, que para él y para mí se llamaba Antonio Indio Velázquez.

El hermoso regalo de este 10 de mayo, dentro de la tristeza de perder a un señor con toda la barba, como Enrique, es que nunca antes como ahora se había escrito tanto en los medios, tanto de Metinides, como de El Indio, que fuera tan popular y tan influyente en la fuente policiaca, como los mismos Carlos Denegri y Manuel Buendía, en la fuente política.

Parece que se necesita morir para que hablen de uno, porque cuando vives, por mucho que hayas trabajado por tu país, por tu familia y por la gente, nadie te pela; necesitas morirte. Fue el caso del Indio y de Enrique. (El mío no importa).

Ahí con él aprendí, con El Indio – ¿debo disculparme por ello? – cómo conseguir la nota, cuando “el sistema” te la niega: El 30 de mayo de 1984 el subjefe de Información de La Prensa, Jorge Ramos, me había suspendido, estaba de capa caída, pero cuando me entero que al periodista Manuel Buendía lo habían asesinado, corro a buscarlo.

Llegué a la Quinta Delegación -todavía le llamaban así a lo que luego serían las agencias investigadoras del Ministerio Público- en Violeta y Mina, colonia Guerrero; acababan de trasladar el cadáver al anfiteatro…

Toqué la puerta metálica, abrió Jorge Aranda, el subdirector de Averiguaciones Previas, el segundo de Abraham Polo Uscanga, y al verme la volvió a cerrar; alcancé a meter el pie e hice fuerza y me metí “a producto de gallina”.

Sin embargo, respetuoso, me arrinconé en la penumbra para observar cómo desnudaban el cuerpo; lo sentaron sobre la fría lápida de cemento y pude contar cinco orificios de salida en la espalda. Unos desgarradores gritos y amargo llanto me volvieron a la realidad. La viuda estaba llegando.

El personal pericial hacía su trabajo, yo hice el mío y me retiré. Pasé la nota por teléfono y al día siguiente, no la busqué para ver si se había publicado, no aspiraba a ello pues estaba suspendido.

Enrique Metinides contaba cómo había conocido a El Indio Velázquez: cuando tomaba fotos de un hecho sangriento y el reportero de La Prensa, conmovido, lo invitó a trabajar, como después haría con otros, como Pancho Picco y Raúl Hernández, el primero, jefe de Fotografía y por ello, de Metinides.

En mi caso fue diferente. Corría 1966 y en una fiesta una amiga, Yolanda Montoya (hermana de un muy querido amigo, casi mi hermano, Federico), me platicó de El Indio, y me propuso: “¿Por qué no vas a verlo y te haces periodista?”.

Órale, como si fuera tan fácil, me dije yo.

Sin embargo, la mosca que me habían dejado en la oreja al día siguiente ya era una abeja, que me “picaba” a cada rato, aguijoneándome para que tomara la decisión de ir a ver a El Indio.

Estaba yo en una encrucijada. Había estado ensayando vocalización, con un maestro al piano, para concursar en La Hora de los Aficionados, en la XEW Radio, de las calles de Ayuntamiento. Me gustaba el canto, pero me obstaculizaba la bohemia que yo temía me devorara -como luego lo haría con El Príncipe de la Canción- y el periodismo me latía, porque vivía en medio de muchas injusticias, particularmente policiacas.

Días después me aparecí en su casa de la calle de Nigromante, en la Segunda Colonia del Periodista, por Narvarte: “Mira, güera, este es Javier, dale de desayunar porque desde hoy trabaja conmigo”, le diría El Indio a doña Gertrudis, su esposa, una señora muy guapa, blanca y de bonita sonrisa; ahí estaban también sus hijos José Antonio y Abraham, que luego serían mis hermanos, inolvidables.

No me equivoqué, logré llevar alegría y esperanza a muchos hogares, víctimas del abuso del poder; es mi más grande satisfacción.

Bueno, pero este texto lo quiero dedicar al maestro de Enrique Metinides y mío, Antonio Indio Velázquez, como dije, un periodista gigante que nunca ha recibido el reconocimiento que merece.

En la edición del 7 de noviembre de 2009, la periodista Graciela Kasep publica una entrevista con Enrique Metinides y no se tarda mucho para citar su nombre. Dice:

“Su maestría para encontrarse en el lugar y momentos correctos apareció desde entonces, ya que, al retratar un accidente automovilístico, coincidió con la llegada de Antonio Velázquez el Indio, un reportero del Periódico La Prensa quien, al ver el inusual interés de un niño por escenas sanguinarias, le ofreció su primer trabajo como fotógrafo de nota roja”.

LA COSA ES QUE…

No hay mejor escuela que la calle

Qué tal.

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