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Por José Sobrevilla

Debido a la pobreza de su entorno familiar, a partir de su primer asesinato, Susana, −ya dentro del Cartel del Noreste−, y después de pasar siendo, por necesidad, desde narcomenudista hasta drogadicta, la vida de esta niña se tuvo que adecuar finalmente a lo que le ofrecía la vida; ya que las oportunidades laborales del crimen organizado, además de los halcones (vigilantes), la estructura de la delincuencia siempre tiene varias áreas de oportunidad: venta de droga, secuestro o extorsión, trata de personas y sicariato. A sus 17 años, Susana −consigna la ONG Reintegra en su estudio ‘Niñas, niños y adolescentes reclutados por la delincuencia organizada’−, después de haberle disparado cuatro veces (a su primera víctima) y salir corriendo con la adrenalina al tope, dijo: “Me gustó, quería más, se me hizo una adicción. Finalmente había encontrado algo que me hacía sentir mejor que la droga”.

“Cuando yo tenía como 10 años, mi mamá ya no pudo trabajar porque sus dos empleos no le daban tiempo para estar con nosotros y lo que hizo fue vender droga porque mi papá nunca estuvo, jamás nos ayudó económicamente, ni un consejo ni nada, y ella empezó a vender droga y yo le ayudaba a venderla”[1].

Su historia es desgarradora: “Nací en Monterrey, Nuevo León, en una familia estricta. Mi madre siempre quiso lo mejor para mí y mis hermanos, por eso era muy dura en cuestiones de educación y valores. Ella tenía dos trabajos: en el primero era ayudante de cocina, trabajaba de siete de la mañana a siete de la noche. Después entraba a su segundo trabajo como bailarina en un bar, de ahí salía a las cuatro de la mañana. Estábamos solos mucho tiempo. De mi papá biológico no sé mucho; sólo que trabajaba para la delincuencia organizada y que lo mataron unas personas de un Cártel contrario cuando yo tenía 3 años. Por eso mi mamá hizo una nueva familia, y mi padrastro fue el que me dio sus apellidos y me adoptó como hija”.

Desde pequeña estuvo en contacto con armas. Su progenitora tenía una pistola calibre 22 y un revólver 38, “eso lo veíamos normal”. Ella y su padrastro peleaban mucho, su relación ya no iba bien porque él se drogaba todo el tiempo y eso no le gustaba a su madre, por eso decidieron separarse. “Como mi mamá no nos podía cuidar, convivíamos casi todo el día con la niñera. A mi mamá no le alcanzaba el dinero, y cada vez nos veía menos, empezó a buscar una forma de conseguir algo “extra”. Según cuenta el estudio presentado en octubre del año pasado y que estuvo basado en 67 testimonios de niños, niñas y adolescentes reclutados por el narco.

Un hermano de ella le recomendó que podía conseguir más dinero vendiendo droga con los cárteles. Así se fue metiendo en eso, vendía crack y cocaína, pero como era buena vendedora la contrataron los Zetas y luego los Sinaloas, CDS.

“Yo era muy apegada a mi mamá, era muy cariñosa conmigo, siempre andaba diciendo que me iba a festejar mis 15 años. La admiraba, quería ser como ella, era muy fuerte; en todas las cosas salía adelante ella sola. Pero, así como mi mamá, nosotros −mis hermanos y yo− empezamos también a meternos en el narcomenudeo. A los 10 años comenzamos a vender droga para ayudarle con los gastos de la casa. Era el negocio familiar”.

En narración también publicada en BBC Mundo, se ha señalado que cuando el cartel del Golfo se apoderó de la zona, su mamá empezó a trabajar para ellos, y ahí la regó, porque a los del otro cartel no les gustó nada que ella se hubiera ido con el enemigo, por eso dieron la orden de asesinarla.

Cuando tenía 12 años, un sicario asesinó a su mamá de tres disparos. A partir de ese hecho, ella y sus hermanos tomaron caminos distintos. “Yo me quedé en la casa de mi mamá y empecé a consumir drogas, fumaba marihuana, me metía píldoras, cocaína… Poco a poco me fui haciendo adicta a ellas, yo era una niña, no sabía cómo salir adelante, era cobarde con la vida, no sabía cómo enfrentarla.

“A los 14 años conocí a un hombre que se volvió mi novio, él era mucho más grande que yo, fue quien me envició con drogas más fuertes como el tolueno (una sustancia inhalante que tiene efectos narcóticos y alucinógenos) y el crack. Empecé a drogarme diario. El mundo en el que me sumergí me envolvió, mis nuevos amigos me enseñaron a robar tiendas de autoservicio y autos. Poco a poco me empecé a volver famosa porque era ‘muy temeraria’, asaltaba y robaba sola (…) El señor fue el que me adiestró, mi comandante, él era el encargado de esa zona. Una vez me llevó a cortarle la mano a un muchacho, casi me quería desmayar, sentía la presión abajo, me puse bien pálida, me dijo que era normal y no sé qué…”

Según la ONG Reinserta, datos publicados el 13 de octubre de 2021, en aquellos tiempos había un reclutamiento de más de 30,000 niños mexicanos por parte del crimen organizado, quienes recibían un pago de entre 25,000 hasta 35,000 pesos mensuales. Ahí, Saskia Niño de Rivera, cofundadora de esta organización, habría dicho que hay más de 20,000 casos de homicidio dolosos y 7,000 desapariciones de menores de edad en los últimos 20 años, según estimaciones de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim).

En la página 99 de este impactante estudio. Se dice que, después de pertenecer a la delincuencia organizada por el tiempo promedio, en el caso de Susana en la zona norte, quizá, los adolescentes son usados como carne de cañón y sacrificados para evitar mayores males a los integrantes que tienen 18 años o más: “Los grupos sí jalan con niños chiquitos, yo digo que me agarraron a mí para que el día que agarraran a los adultos a mí me echaran la culpa, me querían agarrar como su títere” afirmaba Susana. Así, terminan siendo detenidos y viviendo toda la experiencia, que en muchas ocasiones implica también violencia ejercida por las propias autoridades”.

Según esto, la forma más común de reclutamiento de los menores de edad es a través de conocidos, así como amigos y familiares. “Existe una relación de admiración y lazos afectivos muy fuertes con las figuras de autoridad de la delincuencia organizada. Las propias niñas y niños fungen como reclutadores de otras niñas, niños y adolescentes”[2]; por ejemplo, ha señalado el columnista Héctor de Mauleón, sobre el caso de Iker, un adolescente −14 años− de Nuevo Laredo Tamaulipas quien se le pegó a sus tíos a los doce años, los cuales eran miembros del Cártel del Noreste, porque les gustaba el poder, el dinero y sobre todo el respeto, y porque decían: “ese güey es bien cabrón”.

A los 14 años, Iker ya había sido reclutado en la sierra de Coahuila para recibir entrenamiento de un exmilitar. Un año después ya era el encargado de colocar narcomantas y “secuestrar gente que andaba de chismosa”. Para ese tiempo −publicó De Mauleón− el niño percibía un sueldo que oscilaba entre los 15 mil y 20 mil pesos al mes y, una navidad, sus jefes le dieron de regalo su primer coche.

Volviendo a Susana, ella relata que para ser admitida en el Cártel del Noreste tenía que pasar varias pruebas, y que la primera fue asesinar a un hombre afuera de un bar. “Me dieron un arma calibre 40 color negro, sabía cómo se utilizaban las armas por lo que veía en las películas, pero en realidad nunca había disparado una. Eso no me detuvo: sabía que tenía que realizar el encargo porque de eso dependía mi vida y la posibilidad de trabajar para el Cártel. Le disparé cuatro veces. Salí corriendo, con la adrenalina a tope. Me gustó, quería más, se me hizo una adicción. Finalmente había encontrado algo me hacía sentir mejor que la droga: asesinar”[3].


[1] https://reinserta.org/wp-content/uploads/2021/12/ESTUDIO-RECLUTADOS-POR-LA-DELINCUENCIA-ORGANIZADA.pdf Consultado el 26 de abril 2022

[2] https://www.infobae.com/america/mexico/2021/10/11/ninas-ninos-y-adolescentes-reclutados-por-la-delincuencia-organizada-el-nuevo-estudio-que-visibiliza-el-lado-mas-crudo-del-narco-en-mexico/ Consultado el 26.04.2022

[3] https://mayacomunicacion.com.mx/finalmente-encontre-algo-que-me-hacia-sentir-mejor-que-la-droga-matar-los-ninos-del-narco/ Consultado el 26.04.2022

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