Miguel Martín Felipe

Allá por 2014, que ahora se ve lejano, inicié la carrera de periodismo en medio de uno de los panoramas más oscuros que se han vivido recientemente. Durante mi primera semana de clases acaeció el infame hecho de los 43 de Ayotzinapa. El esquema de los medios tradicionales no había sido aún sacudido como lo fue en años posteriores por las redes sociales, por lo que la penetración de éstas era muy poca. Así, la magnitud de dicho acontecimiento no tuvo la repercusión que hubiese merecido tal agravio en contra del pueblo.

Desde entonces hubo una interesante alza del hartazgo social, al tiempo que las redes sociales se volvían cada vez más parte de la vida cotidiana y poco a poco se insertaban en la agenda nacional. Incluso, dentro de la carrera de periodismo, los programas contemplaban muy pocos artículos o estudios relacionados con el ámbito de las comunicaciones cibernéticas masivas. Aún me tocó estudiar las teorías de la comunicación como el gatekeeping, la hipodérmica, el feedback, el agenda setting y otros conceptos que han sido modificados en su esencia dentro del nuevo paradigma, mientras que otros incluso ya simplemente perdieron vigencia.

Desde mediados de 2017, sin método, sin bagaje cultural, con un lenguaje francamente limitado, pero con tesón y tal vez motivados por el hartazgo social que llegaba a masa crítica para esos momentos; surgió en YouTube una pequeña caterva de ciudadanos audaces que comenzaron a hacer algo simple, pero que tal vez definió en gran medida el desenlace de todo ese proceso: dar a la Campaña de AMLO un seguimiento que en los medios tradicionales simplemente era impensable. Asimismo, y en amalgama con Twitter, se desmentían puntualmente las fake news que se trataban de sembrar artificialmente en todas las redes sociales por parte de empresas especializadas en ello, a su vez a pedido de los contrincantes de quien hoy es el presidente de la República.

Desde entonces vivimos una época bastante atípica, en la que el periodismo, otrora soslayado u obviado bajo la premisa de que el mensajero importaba menos que el mensaje, ahora se vuelve tema de debate y escrutinio. En este nuevo statu quo, toman relevancia portales como Sin Censura, Sin Embargo, Regeneración o Contralínea, donde, ya sea en sus modalidades escritas o audiovisuales, se planta cara a la tibieza o franca hipocresía de los medios corporativos, los cuales han cerrado filas con los poderes empresariales asociados a la oposición.

En los tiempos que corren, resulta muy relevante hablar sobre medios, periodistas y líneas editoriales. Se han socializado conceptos que antes eran propios de ciertos círculos y se está bajo escrutinio en todo momento a la hora de llevar a cabo este oficio tan querido para mí.

En tiempos del antiguo régimen, hubiera sido impensable siquiera el que se hiciese una mesa de debate en la que el tema principal fuera discutir qué medio o periodista ha mentido y con qué fin. El periodismo estaba revestido de un prestigio incuestionable, puesto que solo existía la voz de aquellos medios corporativos que clamaban a los cuatro vientos que su información era veraz y oportuna.

El presidente AMLO ha metido en debate público el término chayote. Y mientras los periodistas corporativos, antes encumbrados, hoy proscritos, se rasgan las vestiduras cuando se les menciona con nombre y apellido como mentirosos, el ganador de este río revuelto es el pueblo, pues la capacidad crítica y la politización florecen y en una época en que el orden mundial dotó a todos de dispositivos para entretenerse, pero resulta que en México están siendo usados para politizarse y para volverse cada vez más desconfiados del arquetipo de periodista que se nos vendió por años.

Se viven tiempos extraños, pero muy buenos para ejercer un periodismo congruente y con conciencia social.

Twitter: @miguelmartinfe

YouTube: Al Aire con Miguel Martín

Facebook: Miguel Martín Felipe Valencia

Advertisement

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí