Por Miguel Martín Felipe

En 1929 se fundó en México el Partido Nacional Revolucionario (PNR), a su vez emanado de la revolución mexicana, acaecida entre 1910 y 1921, pero basado en la estructura del Partido Bolchevique, triunfador de la revolución de invierno en Rusia, acaecida en 1917.

En 1959 triunfa en Cuba la revolución liderada por Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara. Lázaro Cárdenas, quien había gobernado México de 1934 a 1940, como expresidente fijó su posición en favor del movimiento libertario cubano, pero fue hecho callar por la cúpula de su partido, que en 1946 cambió su nombre a Partido Revolucionario Institucional (PRI) y conservó la palabra mágica, pero se alineó más que nunca a los intereses de Washington, que, según su narrativa, había ganado la Segunda Guerra Mundial.

Así pues, la revolución fue un reclamo publicitario muy presente en diversas corrientes políticas. Bien sabido es que el PRI se convirtió en un cáncer corporativista que enfermó de desigualdad e ignorancia al país de manera muy profunda y solo reversible a muy largo plazo.

Pero, así como el PRI institucionalizó la revolución hasta el grado de convertirla en un significante vacío, como lo escribiera Antonio Gramsci, hubo una corriente muy influida por la ideología marxista, por la revolución cubana y en menor medida por próceres de la revolución mexicana. Se trataba de grupos de jóvenes que pasaron por diversos episodios de disidencia y cuyo semillero eran las universidades públicas: el Politécnico (fundado en 1936 por Lázaro Cárdenas) y la UNAM (fundada en 1910 por Justo Sierra), con modelos educativos basados en el materialismo dialéctico marxista.

Las generaciones de jóvenes revolucionarios mexicanos de la segunda parte del Siglo XX le plantaron cara al régimen de la “familia revolucionaria”, que en muchas ocasiones mostró su cara más cruel y represiva. Destacan los episodios de la matanza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 y el “halconazo” el 10 de junio de 1971. Diversos ideólogos destacan de toda esa época en que las canciones de Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa, Pablo Milanés, Víctor Jara, León Gieco y Óscar Chávez, entre otros; eran el soundtrack de las movilizaciones sociales que buscaban mayor respeto a sus garantías, mientras que en 1988 llegó el momento culminante para toda esa generación, en aquel ascenso de la izquierda al poder que el PRI impidió con un “golpe de autoridad” llamado fraude.

Toda esa época no se entendería sin nombres como Arnaldo Córdova, Roger Bartra, Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Rafael Sebastián Guillén Vicente (mejor conocido como el subcomandante Marcos), Elena Poniatowska y muchos otros nombres importantes, que, sobre todo en la última fase de la hegemonía priista, fueron claves para ejercer un contrapeso ideológico desde distintas trincheras.

Ahora bien, los nombres mencionados en el párrafo anterior tienen en común (salvo por Arnaldo Córdova, pues quien encaja en el modelo es su hijo Lorenzo) que se la pasaron durante décadas alzando la voz y clamando por un cambio, por una revolución a través de las ideas que llevara al país a un verdadero estado de bienestar. Sin embargo, resulta que cuando llega AMLO al poder no es lo que esperaban. Pareciera que cuando nosotros, el pueblo “ignorante”, dimos portazo e irrumpimos en los grandes salones de la revolución, otrora reservados para aquellos que eran ricos y cultos, y pese a eso (o gracias a eso) elegían la izquierda; se sienten poco menos que ofendidos, y prefieren incluso criticar al presidente, compararlo con Hitler e incluso operar políticamente en su contra desde dentro de Morena.

Hoy más que nunca, el país está en manos del pueblo. El siguiente paso es la construcción de un nuevo discurso cultural incluyente para que seamos el pueblo sabio que estamos llamados a ser dentro del contexto de la sociedad del conocimiento.

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