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Por José Sobrevilla

Decía don Eduardo Matos Moctezuma (de 81 años), uno de los arqueólogos mexicanos más reconocido, que el patrimonio cultural de México es todo aquello que nos caracteriza como mexicanos: nuestros vestigios (prehispánicos, coloniales e históricos); lo que las generaciones anteriores nos legaron y que forman parte sustancial de nuestra historia. Las tradiciones y leyendas; lo que comemos y la manera de hablar, las lenguas indígenas y el dejo del castellano; los productos de nuestros artesanos y las grandes manifestaciones de nuestros artistas.

“La cultura la creamos cotidianamente. Está en la manera en que nos expresamos y la forma particular en que vivimos. También la vemos en todo aquello con lo que nos identificamos; porque desde niños la aprendemos en los juegos y en los cantos que nos son propios. Se va enriqueciendo a medida que crecemos y, es por eso que hay que investigar, difundir y defender el patrimonio cultural, pues es parte fundamental de nuestro ser como nación”[1].

Lo anterior viene a colación porque en septiembre pasado el ranking anual Heritage, realizado por Grupo BAV y The Wharton School de la Universidad de Pensilvania, pusieron en quinto lugar a nuestro país entre los de mayor riqueza cultural e histórica del Mundo. Posición que, para entenderla, habría que ver que antes del quinto, estuvieron España, en primer lugar, Italia en segundo, Grecia en tercero y Francia en cuarto.

Se trata de una evaluación que involucra a setenta y ocho países de los cuales se mide un índice general que llaman “Heritage” o herencia, el cual incluye setenta y seis métricas distintas, pero fundamentalmente tiene cinco aspectos esenciales; primero la accesibilidad de la cultura del país, segundo una historia rica, tercero buena comida, cuarto, atracciones culturales y quinto atracciones geográficas; es decir, se mide la belleza del paisaje, la riqueza y la complejidad de la historia, pero además la facilidad para acceder a ella, lo que seguramente tiene que ver con la industria del turismo del país o ciertas costumbres y la apertura hacia los extranjeros. En pocas palabras, obran también razones políticas.

No es casualidad que México aparezca en el quinto lugar porque nuestro país resalta por una mezcla de un gran pasado cultural con civilizaciones como la maya, la azteca, la olmeca o la tolteca, además de paisajes naturales impresionantes, selvas tropicales y una de las mejores ofertas gastronómicas del mundo que a todos nos consta y hemos dado cuenta de ello en esta columna. Y para envidia de muchos, todo ello hace que México supere a su vecino del norte, Estados Unidos, que ocupa el lugar 16, y que supere a países con mucha más historia, como Marruecos (en el 17), o a casi todos los países islámicos –salvo Turquía y Egipto– que tienen una impresionante historia, como Irán, pero que seguramente no figuran debido a su “poca accesibilidad”.

Menos aún países devastados como Afganistán e Irak, dos de los más ricos en historia en todo el mundo. Todo ello tampoco deja de reflejar un cierto sesgo, pues nos lleva a la pregunta obligada, ¿accesible para quién? Ciertamente, los países europeos que encabezan la lista no son de fácil acceso para ciudadanos de países como Siria o Nigeria[2].

Desafortunadamente la Cuarta Transformación, sello del actual gobierno, no ha buscado una identidad a partir de la cultura, (cosa que sí hizo la revolución cubana) y las herencias históricas del país, para proyectar a futuro su símbolo como raíz de los legados que han dado tantos reconocimientos a nuestro país en el mundo; pero si así fuera, las inversiones al respecto redituarían –en el contexto internacional– en una mejor presencia de México que sería reconocida mundialmente y contribuiría al fortalecimiento del sello político del gobierno del Presidente López Obrador.

Para la preservación del legado cultural, parte esencial de nuestra historia, dice mi reconocido y admirado Eduardo Matos, es impostergable, primero la investigación de nuestro pasado y de nuestro presente desde la perspectiva antropológica, que comprende la arqueología, para conocer al hombre que creó aldeas, ciudades, utensilios, expresiones estéticas y dioses; la lingüística, que nos permite conocer las lenguas que hablaron los antiguos habitantes de Mesoamérica y que aún hoy persisten en por lo menos 56 etnias indígenas; la etnología, esto es, las características de estos pueblos, sus costumbres y visión del universo, que dejó sentir su voz desde lo profundo de la selva chiapaneca; la antropología física, que estudia al hombre que fue, y al actual, desde la perspectiva de su genética y de sus particularidades físicas.

También ha señalado el investigador, que deberán atenderse aquellos proyectos de carácter regional en los que participen universidades estatales y especialistas en diversas ramas de las ciencias, para tener así una visión integral que incluya desde el mundo prehispánico hasta el momento actual, con el fin de plantear soluciones en bien de la población estudiada.

Lo anterior implicaría incorporar nuevas tecnologías a la investigación hasta el mejoramiento de los centros en los que son formados los nuevos cuadros de investigadores y artistas. Apoyarse en los centros donde se atiende a la conservación y restauración del patrimonio arqueológico y artístico; pensando en invertir en la preparación de nuevos y mejores investigadores. Loable.

La declaratoria de zonas arqueológicas, coloniales e históricas

Estas declaratorias –sigo con Matos Moctezuma– son prioritarias y hay que incrementarlas, pues con ellas se protegen, en buena medida, los monumentos y su contenido histórico. Hay que evitar la realización de espectáculos como el de luz y sonido, conciertos y festivales, pues en no pocas ocasiones conllevan destrucción y daño que afecta la dignidad e integridad de los monumentos.

Pero también la creación de nuevos museos porque, cuando ello se fundamenta y responda a las necesidades de la comunidad, “son portadores de enseñanza que se complementan con la que el alumno recibe en las aulas, aunque hoy por hoy la situación de la educación en nuestro país sea lamentable”.

Explica Matos en “Mentiras y verdades, patrimonio cultural de México” difundido por la revista Arqueología Mexicana (Editorial Raíces núm. 119, pp. 90-91- 2019) que debemos estar abiertos a las expresiones universales y hacerlas nuestras, a la vez que debemos dar a conocer los valores culturales propios a la comunidad internacional. “Muchos de nuestros sitios arqueológicos han sido declarados por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad y, sería importante dentro de este rubro, enfatizar la necesidad de proponer a este organismo internacional nuevos sitios, además de promover que las diferentes lenguas indígenas de México sean declaradas como parte del patrimonio intangible. Todo lo anterior nos compromete con el mundo y con nosotros mismos, dijo con justa razón don Eduardo Matos al ex presidente Enrique Peña Nieto, pero no fue escuchado.

Finalmente se refirió a la rectoría del Estado, dando la bienvenida los medios económicos no oficiales que tiendan a ayudar en la tarea de la investigación, conservación y difusión del patrimonio cultural; sin embargo –dijo– es necesario e indispensable que la rectoría del Estado esté presente por medio de las instituciones que por ley tienen a su cargo estas labores, que serían el INAH y el INBA quienes deberían marcar la pauta a seguir con respeto irrestricto a su responsabilidad legal[3].


[1] https://arqueologiamexicana.mx/mexico-antiguo/patrimonio-cultural-de-mexico Consultado el 16.11.2021

[2] https://topsmexicosocialmenteresponsables.com/2021/10/27/mexico-es-el-quinto-lugar-de-los-paises-con-mayor-herencia-cultural/ Consultado el 16.11.2021

[3] https://arqueologiamexicana.mx/mexico-antiguo/patrimonio-cultural-de-mexico Consultado el 17.11.2021.

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