Miguel Martín Felipe

La identidad mexicana se alza sobre cimientos ancestrales que afloran en distintas formas. Recordamos todo esto cuando se han cumplido 500 años desde que en 1521 cayera la ciudad de México Tenochtitlán bajo el yugo español, lo cual implicó un retroceso en múltiples aspectos que incluyeron la urbanística, la hidrología, la agricultura e incluso la espiritualidad.

La cosmovisión mexica era animista. Dotaban de un estatus igualitario a todas las entidades de la naturaleza; concebían al universo como un perfecto engranaje en el que humanos, animales, plantas e incluso agua y otros elementos funcionaban en perfecto equilibrio; entendían, como lo dijo el Jefe Seattle, que “la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra, y que aquello que le ocurra a la tierra, inexorablemente le ocurrirá al hombre”.

Los mexicas tenían cuatro grandes deidades creadoras: Tezcatlipoca (quien controlaba el equilibrio del día y la noche), Quetzalcóatl (quien mediaba entre el cielo y la tierra; la serpiente emplumada), Huitzilopochtli (como dios de la guerra vino al mundo para traer orden con el lanzadardos azul turquesa) y Xipetotec (dios descarnado al que se le hacían ofrendas de piel humana).

El dios del inframundo era Mictlantecuhtli, señor de Mictlán, la tierra de los muertos. Para llegar a ella había que pasar por un camino de nueve etapas llenas de bestias, vientos, agua y hasta disparos de flechas.

El ritual funerario mexica refleja el profundo sentido de viaje que entrañaba la muerte. Se enterraba a los muertos equipándolos con cosas útiles para el viaje al Mictlán. El testimonio arqueológico muestra joyas y suntuosos adornos que acompañaban al muerto. Si había ejercido algún oficio, ahí estarían sus herramientas. Si era un guerrero, sus armas. El sentido ritual del filo se hacía patente en el poderoso Macuahuitl (garrote de madera con cuchillas de obsidiana incrustadas). Estos elementos pretendían dotar de un cierto aerodinamismo al viajero, lo cual se puede resumir en una bella metáfora: “ixteki amotlamini”, que en náhuatl significa “cortar el infinito”.

En dichos entierros vemos también un arquetipo universal: el psicopompo. Se trata de aquellos animales que, según la cosmogonía de ciertas culturas, acompaña el alma hacia el inframundo. Los mexicas se hacían enterrar acompañados de un perro xoloizcuintle, ya sea en efigie o incluso vivo. Éste guiaría el alma hacia el Mictlán, con su enorme sentido de orientación y de lealtad.

El cráneo era un icono mexica que simbolizaba el equilibrio en el que coexisten la vida y la muerte, el retorno a la tierra de manera orgánica cuando morimos, así como el viaje hacia la presencia de Mictlantecutli. Una muestra fiel de esta representación era el Huey Tzompantli o muro de los cráneos, que se erigía en plazas de los centros urbanos exhibiendo las cabezas de los prisioneros y sacrificados, aunque también se hacían representaciones en piedra. De la iconografía mexica provienen la calaverita de azúcar y la Catrina de Guadalupe Posada.

La tradición del Día de Muertos se fue alimentando posteriormente de rituales europeos pre cristianos y fue homologada con las festividades católicas del Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos. Debido a nuestras raíces ancestrales, solo los mexicanos guardamos una permanente fascinación por la muerte que se debate entre abrazarla como amiga y huir de ella con temor, pero nunca olvidando que nos espera siempre al final del camino.

Muchas otras culturas comparten y comercializan sus celebraciones más profundas. Como mexicanos hemos empezado a hacerlo y me parece de lo más válido. Nos convertimos por un instante en foco para el mundo occidental gracias a que somos unos enamorados de la muerte. Y para nuestra suerte, se trata de un amor correspondido.

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