• El suegro la mandó a prisión por negarse a tener sexo con él
  • Exigió reembolso, pero al no haber este, puso tras las rejas a la abuela y hermanitas de la menor

SÓLO EN MÉXICO 

Brenda Fonseca  

Dicen que como los mexicanos no hay dos y es que no cabe duda que somos “Candil de la calle y oscuridad de nuestra casa”, pues mientras hace un poco más de un mes dimos asilo político a cinco jóvenes afganas integrantes del equipo “The afghan dreamers” (“Las soñadoras afganas”) ganadoras de un premio especial en el “Campeonato Mundial de Robótica”, quienes huyeron de su país luego que los Talibanes asumieron el poder, tras la retirada de las tropas estadounidenses, situación por lo que las mujeres temen que regrese con más brutalidad el régimen Talibán que se vivió de manera reacia entre 1996-2001. Y bueno, mientras nos horrorizamos ante la violación a los derechos humanos de las mujeres en Afganistán, nuestra moralina hipocresía nos hace justificar la atroz historia de una niña mexicana, quien fue encarcelada en Guerrero, por negarse a ser violada por su suegro, quien se siente su dueño sólo porque pagó por ella, como quien compra un carro, una televisión, en una suerte de comercio humano que se “permite”, “justifica” y sigue existiendo so pretexto de ocurrir en una comunidad donde rigen los “usos y costumbres”. Si, ésta es la historia de Angélica “N” de 15 años de edad, quien está presa por levantar la voz, para defender los derechos que ni sus padres y en este caso ni las autoridades han hecho valer. Fue la madre de Angélica, Concepción Ventura Aguilar, la encargada de narrar cómo se formó este enredo. Resulta que el padre de Rafael Julián “N, le compró a Angélica para que fuera su esposa, operación mercantil por la que pagó 120 mil pesos, a cambio de los cuales los padres de esta menor la entregaron a su hija. Cuenta Concepción que, pasados los meses su yerno emigró a Estados Unidos por lo que dejó a su esposa encargada a con sus ahora suegros, y pues el papá de Rafael muy acomedido, quiso atender a plenitud a su nuera a cambio de que esta fuera su mujer, pero Angélica siempre lo rechazó, así que, ante la negativa de su nuera, intentó hacerla suya no en una, ni en dos, sino en cuatro ocasiones, sin que en ninguna de estas pudiera consumar su fechoría. Así que molesto porque su “compra” no resultó ser lo que esperaba, decidió exigir la devolución de su dinero y un poquito más. Fue así que la tarde-noche del 30 de septiembre de este año, elementos de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias-Policía Comunitaria (CRAC-PC) de la “Casa de justicia”, del municipio de Cochoapa El Grande, Guerrero, se presentaron en casa de la familia de Angélica, en la comunidad de Dos Ríos, para exigir el pago del dinero que el suegro pagó por ella, el cual como ya dijimos desembolsó 120 mil pesos por la joven y ahora pide un pago de 210 mil pesos por aquello de la inflación, manutención, suite de lujo y atenciones de primer nivel, ustedes saben; pero como en ese momento el padre de la quinceañera no tenía dicho dinero, no le quedó más que ser testigo de la forma en que los guardianes del orden se llevaban detenida a su señora madre, doña Petra Aguilar Nava, de 70 años de edad, es decir a la abuela de Angélica, la cual quedó “empeñada”, en tanto su hijo podría saldar la deuda. Y los días corrieron, sin que reuniera el dinero, sin embargo, ante el temor de que la viejita no aguantara y se les fuera a morir en la cárcel de Cochoapan El Grande, las autoridades municipales decidieron hacer un trueque y entregaron a la ancianita y en su lugar se llevaron su nieta Angélica, pero como ella a duras penas vale 120 mil pesos (por aquello de que ya no es nueva de paquete), pos que cargan con sus hermanas, sin importar que estas tengan 10, 9 y 7 añitos de edad; así las cuatro menores fueron puestas tras las rejas, como garantía de pago. Fue en el  día 10 de su   detención, es decir el domingo, cuando la señora Concepción les llevó de comer a sus cuatro hijas, hasta el lugar donde estaban recluidas, pero en este lugar se confrontó con el comandante de la policía comunitaria, quien en un acto de abuso de autoridad, la agredió física y verbalmente, a fin de que firmara una hoja comprometiéndose a pagar lo demandado por su consuegro; durante el altercado, el jefe policiaco la jaloneó y empujó haciendo que cayera al suelo; a consecuencia del maltrato que recibió, la señora tuvo que ser hospitalizada, pero ni con la asistencia médica pudo evitar el aborto de sus trillizos, pues estaba en el cuarto mes de gestación. La familia de doña Concepción hizo un llamado para que la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Guerrero (CDHEG) y el titular de Asuntos Indígenas y Afromexicano (SAIA), Javier Rojas Benito, intervenga en este caso, con el fin de que se logre la liberación de las menores y se proceda penalmente contra el comandante que le provocó el aborto Concepción. De lo contrario Angélica y sus hermanas recobrarán la libertad hasta que su padre pague la cantidad que el “ofendido” consuegro le pide. Llámenle como quieran, pero este es un caso de “esclavitud” o como le llaman ahora “Trata de personas” disfrazado de usos y costumbres, pues es inadmisible, que bajo el amparo que le da el actuar de esta manera por tratarse una tradición, se vulnere y pisotee los derechos fundamentales de estas niñas y de su madre, consagrados en la Constitución, y lo que es peor, que en pleno siglo XXI, se venda a las mujeres (casi niñas), al mejor postor, como si fueran un costal de papas y que esto ante la vista de todos sea algo “normal”, porque durante siglos sus usos y costumbres les han dicho que ellas no tienen derechos a casi nada.  Este relato, más bien es una doliente realidad, y es que estas niñas tienen voz, aunque vayan por la vida en silencio, callando estas y otras vejaciones. Es una historia que habla de pobreza e injusticia, y que se escuche fuerte y claro, por más que afecte sus oídos virginales: ¡No son criminales!, pero están presas en varios rincones de México y el mundo, porque sí señores, en dichos lugares, lo más terrible que puede pasarle a un ser humano, es ser mujer, como Angélica y sus hermanitas, quienes han sido perseguidas y tratadas como delincuentes. Pero saben queridos lectores, aún hay algo peor, que la imagen de estas niñas tras rejas, que la infancia robada de sus rostros, me refiero a la indolencia rampante de esta sociedad donde lo importante es que no me pase a mí, que le aunque que le suceda a otros(as), en efecto, hablo del atroz pecado de la “Indiferencia”. Y sí, yo me indigno, como debieras indignarte tú, si Angélica fuera tu hija, hermana, sobrina, esposa o madre; quizá no sea nada nuestro, pero es más, mucho más, es una de nuestras niñas mexicanas que debería estar preparándose para contribuir en un futuro a la grandeza de esta nación, pero sin embargo, sólo podrá contar a sus hijos y nietos, lo que es pisar la cárcel por tener el valor de decir: “¡NO QUIERO!”. **** En fin, esto pasa, SÓLO EN MÉXICO. 

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