Miguel Martín Felipe

Cultura pop y pensamiento individualista

En años recientes, digamos que, a partir de la década de 2010, se comenzó a afianzar un movimiento comercial -más que cultural- conocido como cultura pop. Ya sabemos que el término fue originalmente acuñado en el contexto de la obra del artista conceptual Andy Warhol a finales de los años 60, pero actualmente se refiere a algo un tanto distinto. Como cultura pop se denomina actualmente la tendencia a explotar la iconografía y productos de la industria cultural -en mayor medida- estadounidense de décadas pasadas, así como la creación de nuevos productos basados en dichas franquicias. Hablamos de series, películas y merchandising de ciencia ficción, terror y comedia que hacen las delicias de niños, pero sobre todo de adultos en edad productiva. Asimismo, se ha abierto un nicho importante donde se comenta acerca de estos contenidos en formatos como el podcast o el streaming de YouTube.

Pese a que no cuento actualmente con los elementos para establecer una correlación directa entre una cosa y otra, pareciera bastante común el encontrarnos con una tendencia al rechazo de la política en general como campo de conocimiento, así como una cierta proclividad por parte de quienes consumen cultura pop a desarrollar una postura reaccionaria, en gran medida influida por figuras juveniles a todas luces prefabricadas que con un discurso bien articulado y una personalidad magnética defienden abiertamente a la derecha en redes sociales. Es ya inabarcable la caterva de influencers de derecha, pero despuntan los argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez.

Existen igualmente otros influencers cuyo campo no es la política, sino mayoritariamente la comedia y el “análisis” de la cultura pop. Para el caso del humorista de stand-up comedy Franco Escamilla, él organiza un programa llamado “La mesa reñoña”, donde él y sus amigos hablan sobre cultura pop y videojuegos, al tiempo que sueltan una que otra puya en contra del gobierno de AMLO. Sin embargo, es en un formato de noticiero satírico donde Escamilla ha despotricado en contra de Hugo López-Gatell, no con argumentos de fondo, sino con una clara línea que parece a todas luces sembrada por los poderes fácticos.

Chumel Torres, por otra parte, inició como YouTuber de sátira política y posteriormente fue captado por HBO, aunque uno de sus tantos deslices racistas le valió ser puesto en la congeladora. Torres basa el contenido de su humor en la premisa de que “todos los políticos son iguales”, aunque ciertamente ha dirigido toda su artillería contra el gobierno de la 4T y se le identifica como cercano a los funcionarios del gobierno peñista, así como a Felipe Calderón y Javier Lozano. Recientemente fue evidenciado por Diego Ruzzarin como franco defensor del pensamiento individualista. Asimismo, conduce y participa en múltiples espacios donde exhibe un conocimiento tal sobre la llamada cultura pop, que a todas luces supera a lo que sabe de política, pues a fin de cuentas es un instrumento efectivo de los poderes fácticos que invierten en producción y guion para mantener al personaje vigente. Él se autoproclama como nerd, porque actualmente eso da mucho prestigio social en las redes.

Otro caso muy sui géneris es el del canal de YouTube llamado Bully Magnets. Se trata de una propuesta innovadora que presenta explicaciones de hechos, pasajes y personajes históricos desde una perspectiva con datos rigurosos, pero a la vez aderezada con la inclusión de referencias a la cultura pop y un humor tipo sitcom con un fuerte tufo anglosajón. Se utilizan versiones caricaturizadas de personajes históricos, o bien, personajes genéricos como “el tío chairo”, que es la versión exagerada y genérica de un simpatizante de la izquierda, que es retratado como intransigente, conspiranoico y con fuertes influencias marxistas.

Lo que se puede concluir de este panorama es que, tanto para el caso de los creadores de contenido, como para el de quienes lo consumen, hay una enorme ausencia de consciencia social y un desprecio a priori de todo lo que parezca izquierda, debido a que el término se ha convertido en sinónimo de atraso o anclaje a ideas obsoletas.

En el pasado, las personas de 20 a 40 años necesitaban una cierta dosis de cultura pop para despejarse un poco del panorama político. Ahora, el panorama es totalmente distinto, pues las personas en el mismo rango etario están totalmente desconectadas del panorama político y sobreexpuestas a la cultura pop. Y no se necesita ser Arthur Connan Doyle para deducir que entre todas esas series, películas, podcasts y videos, es muy poco probable que se concienticen acerca del conflicto social. A fin de cuentas esos contenidos los produce la industria cultural estadounidense y jamás contendrán atisbo alguno de pensamiento colectivo.

Este panorama nos lleva a concluir que la sociedad infantilizada y la estigmatización de la infancia y la vejez nos lleva a dos nuevos flagelos sociales de los que hablaré en la próxima entrega: paidofobia y gerontofobia.

Twitter: @miguelmartinfe

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