Miguel Martín Felipe Valencia

El activismo ha sufrido un cambio radical en los últimos años, un cambio que no podríamos determinar si en todos los tipos de activismo es positivo o negativo. Muchos entusiastas afirman que las redes sociales son el no va más de la comunicación en tiempo real y de la fijación de posturas. Ciertamente, la utilidad de Twitter va mucho más allá de la banalidad, la presunción o el denuesto desde la comodidad y el anonimato.

En el imaginario popular existe la percepción de que en Facebook está la broza, la banda, el vulgo; mientras que en Twitter está lo más selecto y laureado de la sociedad. Si bien esta visión es bastante maniqueísta, ya es una costumbre muy arraigada en los medios el hacerse eco de lo que tal o cual actor político, actor a secas o twitstar (ciudadano común que a base de publicaciones efectivas se ha convertido en un referente) posteó en horas recientes, para analizarlo y en algunas ocasiones rebatirlo.

Este es el contexto social. Ahora bien, en cuanto al contexto histórico, debemos recordar que, si algo ha distinguido a los expresidentes mexicanos, aparte de la mala fama, es la poca o nula injerencia en los asuntos de orden nacional. Se llegaba a saber de ellos a través de notas esporádicas que, al no tener detrás una campaña de posicionamiento en medios, fluían a cuentagotas. Nos enterábamos muy poco, y aun así más de lo que hubiésemos querido, de lo que hacían o dejaban de hacer los antiguos ocupantes de los pinos.

De hecho, el caso más sonado de un expresidente que llegó a levantar la voz en pro de alguna causa, fue el de Lázaro Cárdenas, que tuvo su punto más tenso en el intento de invasión por parte de 1500 disidentes cubanos en abril de 1961, acaecido en la hoy célebre Bahía de Cochinos y frustrado por el régimen de Fidel. El mismo día de la escaramuza, el 18 de abril, Cárdenas anunció que se embarcaba para Cuba con el fin de refrendar su apoyo al régimen caribeño y su repudio a Estados Unidos. Más tarde, el 25 de abril, Cárdenas se desdijo y canceló su viaje. Sin embargo, el daño a los códigos del PRI ya estaba hecho. Los últimos vestigios del progresismo que el PRI tanto presumía aferrándose al ya difuso fantasma de la revolución, se desvanecieron junto con los pronunciamientos de Cárdenas, de quien se asegura fue reconvenido por Adolfo López Mateos -presidente en turno e informante de la CIA- y el resto de la cúpula tricolor.

Si se quiere entender lo que es una regla no escrita, un ejemplo de libro es precisamente ese: el silencio que debe guardar por decoro un expresidente de México. La no interferencia en los asuntos de carácter nacional o las decisiones del ejecutivo en turno era una regla de oro dentro de las sucesiones entre presidentes priistas.

Para el caso de Felipe Calderón, expresidente que ni a flamante llega, dado que ni siquiera es el antecesor inmediato de Andrés Manuel López Obrador, los pronunciamientos diarios a través de Twitter son ya una realidad perenne. Los twits que el otrora “combatiente del narcotráfico” emite van desde el repudio a las decisiones de AMLO hasta felicitar y calificar de “valientes” a todos aquellos que tienen una desavenencia con el gobierno. Esto último sucede generalmente con las figuras públicas que tienen los desplantes más encarnizados contra el ejecutivo.

Tal vez nadie se lo ha preguntado directamente al -para muchos- infame Calderón, pero el argumento que esgrime con mayor regularidad para justificar su afán de emitir incansablemente opiniones que nadie pidió es un exacerbado nacionalismo que se refleja en frases como: “trabajamos por México”, “por amor a México” o “nuestro bello país”.

Desgraciadamente, la construcción de una falsa identidad nacional por parte de los medios masivos tradicionales con base en valores más bien chovinistas, hace que el discurso de Calderón, aquel que consiste en cubrir con la bandera nacional sus intereses económicos y los de sus socios, cale hondo en algunos internautas a quienes realmente no les quita nada que haya un gobierno de izquierda en el poder, pero que son altamente sensibles a las manifestaciones patrioteras, de tal manera que muchos consideran que aprobar o retwitear las opiniones calderonianas es hacer patria.  Y cómo sustraerse a semejantes arengas si los gritos de batalla recurrentes son la defensa de “la democracia” y “el estado de derecho”.

Un hecho muy lamentable es que “el hijo desobediente” salga sistemáticamente a deshacerse en loas a cualquiera que se atreva a pendejear al presidente. Evidentemente, su lucha no es nacionalista ni mucho menos. Lo que denota es esa visceralidad y odio que siempre trata de endilgarle al presidente.

Y esta es la historia, queridos lectores. Aquel que entró a ocupar la presidencia en medio de la ilegitimidad, se deslegitimó aún más con su limpieza étnica disfrazada de guerra contra el narco, su corrupción y su imborrable fama de borracho. Pasó de poder ser un expresidente que cumpliera con la regla de dormir el sueño de los justos a ser, como dice el buen Ramiro Padilla, un simple y nocivo “viejo lesbiano”. Y de esos, de esos vaya si rebosa el inasible Twitter.

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