Brenda Fonseca

Quién no conserva el recuerdo entrañable de alguno de sus maestros, como “La pasita”, mi maestra de inglés en la secundaria, o qué tal “El Titanic”, por aquello de que era el “barco” más grande del mundo, pero nunca hubo, ni habrá, otro como “Zeus”, mi querido mentor en sexto de primaria, de quien entre muchas otras cosas aprendí que un profesor es el que te instruye que 2+2 son 4, pero un maestro es el que te enseña y prepara para la escuela de la vida.

Fui una de tantas niñas cuyo padre salió un día a comprar cigarros y regresó 30 años después, pero a quien la vida le regaló un ángel terrenal, que le enseñó lo que era el amor de un padre. Sí, José de Jesús Vital Márquez, fuiste más, mucho más, que mi maestro, fuiste quien me enseñó a hacer posible lo imposible, quien me compró zapatos, pero en realidad me enseñó a caminar por la vida.

Naciste para ser maestro y es que tu vocación no tenía límites, las clases contigo iniciaban una hora antes de lo “normal” y terminaban dos horas después de que sonara la chicharra de salida; para tus alumnos esto no era suplicio, era un placer.

Formaste varias generaciones de profesionistas: Médicos, ingenieros, maestros, abogados, periodistas, etcétera, pero ante todo, forjaste hombres y mujeres de bien, productivos, inquebrantables, pues siempre supiste con amor, sacar lo mejor de cada infante, transformando a niños problema en buenos estudiantes.  

Nos heredaste el amor por nuestra patria y una que otra caries, pues era tan raquítico tu sueldo, que tenías que completar la quincena, vendiéndonos dulces.

Y es que no te importaba invertir tu tiempo y dinero en tus alumnos, ya que los fines de semana nos llevabas lo mismo al teatro que al parque a jugar pelota.

Aún recuerdo como si fuera ayer, que al terminar la primaria, de premio nos llevaste (a todos) en tren a Veracruz. Ahí frente a la playa me preguntaste: “¿Hija conocías el mar?” No, te respondí, me tomaste de la mano y nos metimos al agua, con tus dedos humedecidos me hiciste en la frente la señal de la cruz: “Para que el mar nunca te haga daño hija”. Jamás me soltaste de tu mano, estuviste conmigo la primera vez que transmití por radio a los 10 años de edad, cuando elegiste para mí, la mejor secundaria, al esperar paciente mientras hacía el examen de admisión a la preparatoria, cuando ibas orgulloso a recoger mis diplomas, ahí hablaron de la medalla “Gabino Barreda” de la UNAM, mi madre te preguntó: “¿Maestro cree que ella pueda ganarla?” Me reflejé en tu tierno mirar, me abrazaste y dijiste: “¡Claro que ella puede!” y ese voto de confianza, fue mi motor para obtener la presea años después. Y cómo olvidar que fuiste tú, quien me entregó en el altar.

“Zeus” así le llamábamos sus alumnos de cariño, hoy con el correr de los años, lo sigo viendo como el hombre más sabio, sí, como Zeus el padre de los dioses.

No llevo tu sangre ni tu apellido, pero llevaré por siempre tus palabras, tu enseñanza. Desconozco qué hiciste con tu vida, pero sí sé lo que hiciste con la mía. ¡Gracias maestro…!

Sea éste un tributo in memoria para José de Jesús Vital Márquez, quien falleció el día 5 de enero de este año, y no les digo que dejó de existir, pues su legado perdurará por siempre en aquellos niños que tuvimos la bendición de tenerlo en nuestras vidas.

Cómo me gustaría que existieran muchos Zeus, qué diferente sería mi país si en lugar de profesores tuviéramos maestros. Y para esos mentores de vocación, mi más alto reconocimiento a su labor y una sincera felicitación por el Día del Maestro, en especial para el personal docente del Colegio “Defensores de Anáhuac” (Tecámac, Edomex). Han sido jornadas de extenuante trabajo, pero sin su ahínco, la educación durante la pandemia se hubiera paralizado. ¡Bravo maestros de México!

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