• Capacitan a niños en uso de armas, para formar “Policía Comunitaria” 

Brenda Fonseca 

Hoy es 30 de abril ¡Día del Niño!, pero ¿Los infantes tienen motivos para festejar? Esta conmemoración se instituyó en 1924, para lavar culpas, como si al rendir tributo a los pequeños que murieron en la Primera Guerra Mundial, se enmendara este atroz crimen; situación que por desgracia, no ha cambiado mucho. Por aquellos años, el presidente de México, Álvaro Obregón instruyó para que a partir de entonces, se festejara a los(as) niños(as) mexicanos(as).  

Hoy día la realidad de los infantes a nivel mundial es otra, ya que en muchos rincones del orbe, como en Chilpancingo, Guerrero, los niños no juegan a matar con pistolitas de agua, en algunas comunidades disparan armas reales y lo hacen por algo que nada tiene que ver con un juego, pues es un conflicto que lleva varios sexenios.  

Aún no despuntaba el sol, era la madrugada del sábado 10 de abril de este año, cuando los integrantes de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC), fracción Pueblos Fundadores (PF), rodearon la comunidad de Ayahuatempa, municipio de José Joaquín de Herrera, en Guerrero, detonaron sus armas haciendo disparos al aire que rompieron el silencio, así empezó la conmemoración del 102 aniversario luctuoso del asesinato del general Emiliano Zapata Salazar.  

Muchas de esas detonaciones fueron hechas por los 30 niños que forman parte de la Policía Comunitaria, sí, se trata de chiquillos no mayores de 12 años, entre los que se encuentran algunas niñas, como Gabriela, quien a sus 9 añitos, concluyó su capacitación de 15 meses en el manejo de armas de bajo calibre, con lo que ahora podrá defenderse y proteger a otros, del grupo delictivo conocido como “Los Ardillos”, que mantiene asolados a los pobladores de esta comunidad guerrerense. 

En efecto, mientras otros niños estudian y se la pasan pegados al celular y la tablet, Gaby no juega a las muñecas, ella vive al asecho, siempre lista para disparar su arma en contra de él o los malhechores que intenten quitarle lo único que le queda: Su hermanito, pues Gaby al igual que 12 menores más, quedaron en la orfandad, a manos del citado grupo criminal. Ella no está dispuesta a huir, pues simplemente no sabría a dónde, así que defenderá con su vida este lugar donde nacieron y murieron sus abuelos, sus padres, sus ancestros. 

El paliacate que cubre parte de su rostro, oculta, más que su identidad, pues no deja ver su dolor, tristeza, miedo, por lo que ese pedazo de trapo es más aberrante que las propias armas que empuñan estos infantes, pues esa tela pretende evitar que veamos que se trata de sólo niños, para no dañar ni ofender la hipócrita y moralina sensibilidad de nuestra sociedad.  

Y te pregunto a ti querido lector ¿A qué jugabas a los nueve años? Yo al igual que Gaby, más o menos a esa edad, empuñé un rifle, aunque esto fue en una pequeña feria ubicada a las afueras de mi escuela primaria “Ocampo Nabor Bolaños Soto”, en la Ciudad de México. En aquella ocasión jugué tiro al blanco, el reto era derribar a tiros tres patitos de metal; en mi primera oportunidad levanté con dificultad semejante arma, era demasiado pesada para mí, pero no me amilané, apunté con decisión a mi objetivo y justo cuando disparé, el peso del escopeta me ganó, tanto que el tiro salió con tan mala puntería que le di en las “tepalcuanas” (glúteos) al dueño del changarrito, quien en ese momento estaba gateando recogiendo las figuritas de metal que otros tiradores habían derribado, y al grito de “¡Ay cabrón!” que emitió aquel hombre, mientras se agarraba salva sea la parte, salí corriendo con mi mochila en la mano, sin tiempo ni de preguntarle si me había ganado algún premio, pero creo que no ¿verdad? Aún hoy después de algunos años, me sigo muriendo de risa al recordar cómo fue mi encuentro con las armas, pero puedo asegurar que los recuerdos de Gaby al correr de los años no le sacarán ni una sonrisa, porque seguramente ya olvidó lo que es sonreír y lo que significa ser niño, porque ella y sus compañeros son Policías Comunitarios.  

Y es que a Gaby y a los pequeños que viven en Ayahualtempa, les queda poco tiempo, su infancia se evapora entre los disparos; aquí no llegan los Reyes Magos y hace tanto que no comen chocolate (porque los insumos llegan a cuenta gotas a su comunidad), que ya no recuerdan a qué sabe; en su tierra permea un hedor a muerte, sus ojos son testigos mudos del miedo de quienes están y quienes se han ido (desplazados).  

A Gaby y sus amigos, les queda poco tiempo de ser niños, corren y trepan a los árboles, pero no para jugar, sino para salvar su vida. Ellos, los de las playeritas verde-olivo con la leyenda de la CRAC-PF, no tienen tiempo para ser niños, sí de esos que tienen amigos y no enemigos, porque simple y llanamente les hemos robado su infancia. 

Todos los días, en el mundo mueren cientos de personas por conflictos sociales, más de la mitad son niños. Según datos del Fondo Mundial de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), del año 2000 al 2010, murieron 2 millones de niños, 6 millones quedaron sin hogar, 12 millones resultaron heridos o quedaron discapacitados; además se estima que existen 300 mil niños soldados, en por lo menos 214 países como: Afganistán, Siria, Sudán, Irak, Yemen, Somalia, Colombia, Nicaragua, Filipinas, Nigeria, Congo, Sudán Arabia etc.  

Las consecuencias de un conflicto bélico las sabemos, se puede curar a los heridos de bala, dar muletas o prótesis a los lisiados, pero ¿Cómo se cura el alma de un niño? ¡Malditos aquellos que a su tierna edad los condenan a matar y morir! 

Y es que este mundo con su indolencia rampante olvidó que los niños tienen derecho a la salud, alimentación, educación, al amor de sus padres y maestros, pero ¿De cuáles padres? Si se los mataron, ¿De cuáles maestros? Si todos salen huyendo antes de que las balas los alcancen. Sí ¿Cuándo se nos olvidó que los niños tienen derecho a ser niños? 

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