Por José Sobrevilla

Tal vez no nos hemos dado cuenta, pero es cierto. Toda una vida, por generaciones, hemos dependido de una estructura llamada Estado. Comemos, respiramos, latimos a su ritmo y dependemos de él en todo. En algún momento nos perdimos la confianza como sociedad, como grupos humanos y empezamos a deshumanizarnos, a pasar por encima de la desgracia de nuestros amigos, familiares, empleados, de nuestros compañeros. También a no ayudar al crecimiento de los demás. Es dolorosa la parábola de cómo identificar a los cangrejos mexicanos dentro de una cubeta, porqué los que están por salir son jalados inmediatamente por los demás.

Nos hicimos a la fantasía de formar organizaciones de la sociedad civil, no para ayudar a los demás, sino para sacar provecho para nosotros, o para los nuestros. O bien, iniciamos movimientos sociales que finalmente se convierten en apuntaladores de grupos que después forman parte, o bien, de equipos políticos, partidistas, empresariales o de la delincuencia, que muchas veces son la misma cosa. En pocas palabras, hemos desprestigiado este tipo de organizaciones que ya difícilmente confiamos en ellas.

Como sociedad, desde muy temprano respiramos las mañaneras presidenciales, con el morbo de saber lo que se nos habrá de imponer en la agenda semanal; o bien, buscamos al noticiero de nuestra preferencia, a nuestro columnista o conductor de cabecera, espulgamos en las redes las fuentes de información que son de nuestra confianza y abrevamos de sus reflexiones. En otras ocasiones buscamos a nuestro youtubero preferido y le regalamos una o dos horas de atención. Y si nos va bien los defendemos de los ataques que muchas veces tienen, y hasta les depositamos apoyos.

Como trabajadores buscamos o elegimos quien nos explote, nos humille y nos arroje unos cuentos pesos a nuestra tarjeta. ¿Por qué? porqué de otra forma no podríamos alcanzar el básico sustento, el propio y el de las personas a quienes decidimos alimentar y sostener e integramos a nuestras vidas.

Nos convertimos en tan individualistas, que llegamos a desconfiar hasta de nuestra propia sombra. “Todo mundo nos quiere estafar” es el pensamiento que se vuelve mantra y que rige nuestra vida. Se nos hizo costumbre untarles la mano a funcionarios, policías, líderes sindicales, hasta a nuestros hijos para que vayan a la escuela, coman, o vayan a hacer algún mandado… “Lo que cuesta dinero es barato”, llegó en algún momento a decir el ex presidente Felipe Calderón. Hemos llegado a ver la corrupción como muy natural, como parte íntima de nuestra forma de vida.

Padecemos una pavorosa inseguridad que por temor o precaución de alguna manera solapamos. Ya sea callándonos o volteándonos a otro lado. En las madrugadas se pone un mercado de lo robado en Iztapalapa que tiene años. Allí, con linternas vas buscando lo que te sirve, a veces a hasta carros y motos se llegan a ofrecer, en donde negocias el precio. Asunto que en algún momento ya hemos reporteado.

No podemos denunciar porque no hay a dónde hacerlo, porque por lo general, a los que nos deberían proteger, muchas veces son parte de la misma delincuencia a la que diariamente saludan y acuerdan negocios con ellos, o bajo su sombra. Exponiendo al denunciante al sacrificio o la extorsión con todo el poder de la delincuencia.

“La seguridad nacional expresa el resultado de las leyes, políticas públicas, programas, estrategias y acciones que se realizan al seno del Estado de Derecho para generar una condición que permita al todo colectivo cumplir sus aspiraciones y objetivos, por tanto, es una condición del desarrollo en los términos que una Unidad política lo defina en su pacto fundacional”, es el texto de Jorge Lumbreras que me llevó a esta reflexión.

Efectivamente, sin embargo, ¿qué tanto ha cumplido estas leyes, políticas públicas, programas… el acatamiento de nuestras aspiraciones y objetivos como entes personales y sociales? Se nos enseñó tanto a depender del gobierno que hicimos nuestra la frase “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”, y en ese tenor poco a poco fuimos creando en nuestros hijos una legión de resentidos sociales.  

En el caso del Coronavirus, socialmente nos hemos manifestado imprudentes en muchos sentidos y no nos importa contagiar ni contagiarnos, total, “si para morir nacimos”. Ante esta actitud no hay política social que nos ayude, ni gobierno que nos la imponga, máxime si diariamente nos suministra mentira tras mentira.

Seguramente la culpa es nuestra porqué no hemos tenido el valor de enfrentar nuestra realidad por nuestros propios medios como sociedad civil, o porque al hacerlo se nos vienen encima los poderes dominantes: el político y el de sus padrinos los cárteles. Aguantamos porqué tenemos familias y amigos solidarios que nos ayudan a prolongar nuestra agonía social. Por eso mordemos la mano que “nos quitó” el bozal para ponernos otro.

Hoy, a la desconfianza entre nosotros mismos, hay que agregarle tantas cosas que van más allá de una espantosa pandemia, y una legión de gobiernos y empresarios utilitaristas alejados de cualquier síntoma de humanidad.

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