Por José Sobrevilla

El mundo de la medicina es muy complejo y los intereses que se gestan a su interior repercuten ampliamente en la salud y bienestar de las personas. Por ello, cuando se observa que muchos gobiernos, incluido el de México, han prohibido el uso de Dióxido de Cloro, CDS, para la atención de pacientes de Covid19, pese a que existen varios testimonios, muchos notariados, donde se da fe de su efectividad al usarse en las proporciones que señala su precursor e investigador, el Alemán Andreas Kalcker. En México está documentada la mejora en más de cincuenta pacientes atendidos en un hospital de Juriquilla, en Querétaro, antes de que las autoridades de salud cerraran su área Covid19.

El propio López Gatel, sin aportar prueba alguna, ha negado que su uso ayude a las personas infectadas, e incluso, ha dicho que puede ser perjudicial a la salud, todo ello sin presentar algún estudio serio de respaldo. Sin embargo, no es nada más el CDS, la herbolaria mexicana ha aportado un sinnúmero de recetas que ayudan mucho a paliar los efectos de la pandemia y otros males.

En Guayaquil, Ecuador, –por ejemplo– una agrupación de médicos llegó a suministrar CDS a un grupo de personas, entre ellos enfermos de Covid19, y todos salieron exitosos, igual que los de Querétaro.

Últimamente, al existir una campaña muy difundida que sataniza su uso, los doctores que lo recomiendan han documentado ante notario público sus resultados. Desde cómo llegan los pacientes y cuál es su desarrollo que presentan durante el uso del producto.

Recientemente, el Congreso (diputados y senadores) de Bolivia hizo legal ya el uso del CDS en todo el país, tanto para su fabricación responsable, como su comercialización para curar el Covid19. El propio Kalcker ha dicho que gracias a ello ha habido una notable disminución de muertes por la pandemia en ese país. Este uso legal lo realizó el Congreso boliviano desafiando a la estadounidense FDA (Administración Federal de Alimentos y Medicamentos​), la Organización Mundial de la Salud, OMS, Industria Farmacéutica, pero sobre todo, a los gobiernos de muchos países. Algunas personas que saben que es un tema al que este reportero le ha dado seguimiento, enviaron los documentos legales de esa aprobación.

La pregunta que todos nos seguimos haciendo es ¿Por qué la medicina moderna desdeña las curas baratas y otro tipo de remedios que tanto benefician a la gente económicamente más necesitada? Hablamos de la homeopatía, la herbolaria, la medicina holística y tantos procedimientos que son inexplicablemente negados por muchos doctores.    

Hace algunos meses llegó a este reportero (por Whatsapp) un video de aquellos que tanto circulan en la red pero que son poco valorados, y/o reporteados, en el cual se hablaba de la participación de Rockefeller en el mundo de la medicina; esto como un negocio que, ligado a la petroquímica, le ha redituado al magnate enormes ganancias gracias a su control a nivel mundial de la industria petrolera.

Es un hecho que acumular riqueza se ha convertido en obsesión y razón de vida para muchas personas y, en ocasiones, se termina convirtiendo en algo enfermizo; siendo la característica principal de tantos y tantos magnates modernos y antiguos. Por ejemplo, en 1900, John Davison Rockefeller, el heredero de empresas petroleras como Standard Oil, Chevron, Exon, Mobil y tantas otras, no ha sido la excepción; y menos cuando descubrió que los petroquímicos tenían la capacidad de crear tantos otros productos como la baquelita, primer plástico, y que ha dañado tanto al planeta, o que también podrían fabricar varios tipos de vitaminas e infinidad de drogas farmacéuticas.

Seguramente Rockefeller se habría preguntado ¿Cómo puedo hacer para que todos estos medicamentos y nuevos productos incrementen mi fortuna? Y, probablemente se respondió: patentando todo.

La idea del negocio de la medicina la compartió además con su amigo, magnate también, pero del acero, Andrew Carnegie, e inmediatamente acordaron enviar al educador Abraham Flexner a realizar en toda la Unión Americana un diagnóstico donde se registrara e informara del estado en que se encontraban hospitales y colegios médicos.

De aquel trabajo nació el famoso “Reporte Flexner”[1] convenientemente titulado “Educación médica en los Estados Unidos y Canadá”; lo que los críticos destacan es que fue hecho por un profesor y no por un médico, o un grupo de ellos; por eso la pregunta hoy sería ¿qué interés les movió para realizar este trabajo? Y la respuesta contundente ‘para controlar el sistema médico, mediante sus agrupaciones, colegios, universidades, institutos, y crear así una “cultura” en la que únicamente lo que fuera patentable en favor de ellos formara parte del panorama médico norteamericano; lo que después se fue ampliando a gran parte del mundo.

El negocio de la medicina moderna

Así, con la ayuda de Flexner, y financiamiento de la Carnegie Foundation, Rockefeller y Carnegie crearon la Organización Mundial de la Salud; pero en esto dieron paso también a otro capitalista sin escrúpulos, al llamado “fundador” de los Estados Unidos John Pierpont Morgan, un poderoso empresario, banquero y coleccionista estadounidense de arte y “filántropo” según Wikipedia. Juntos buscaron la manera de influenciar a los órganos legislativos estatales y federales de ese país, para crear así regulaciones que promovieran en forma estricta la medicación únicamente con fármacos “de patente” muy costosos, y que cerraran las puertas a los remedios naturales, alternativos y/o baratos.

Las universidades e institutos que no quisieran someterse a este súper poder, consigna E. Richard Brown, fueron aplastados y sacados del negocio; y tanto la homeopatía como la medicina natural, serían objeto de burlas y denostaciones de manera pública. Algunos médicos que osaban trabajar con sus propios métodos, se les encarceló como escarmiento y, para cambiar así sus mentes, a varios científicos se les obligó a trabajar para las patentes de estos magnates.

Para todo esto Rockefeller sabía bien que tendría que invertirle dinero y hasta llegó a “donar” más cien millones de dólares a colegios y hospitales; igualmente fundó un grupo de líderes filantrópicos al que pusieron por nombre Junta General de Educación y, claro, ya estaba en funcionamiento el Instituto Rockefeller para la Investigación Médica (hoy Universidad Rockefeller).

No. Wikipedia jamás lo mencionará porque, al contrario, su función será ensalzar las bondades filantrópicas de sus ‘héroes capitalistas’. Así, poco a poco fueron haciendo que facultades y escuelas de medicina se “modernizaran” y “homogenizaran”, de tal suerte que, todos los estudiantes aprendieran siempre lo mismo, creando como costumbre prescribir únicamente medicamentos patentados. De esta forma muchas empresas farmacéuticas se hicieron de tanto poder que hoy llegan a influir –incluso– en la economía de algunos países.

Muchos científicos recibieron generosas subvenciones para estudiar cómo las plantas curaban enfermedades, pero no para utilizarlas, sino para recrear en laboratorio la sustancia química similar y patentarla. El video de referencia menciona un interesante libro titulado “Rockefeller Medicine Men. Medicine and Capitalism in America” de E. Richard Brown (ex director del Centro de Investigación de Políticas de Salud de UCLA), ejemplar que Amazon por 89.87 dólares lo envía a tu casa. ¡Vaya paradoja!

Tampoco es extraño que importantes organizaciones norteamericanas pro establishment como la Sociedad Americana contra el Cáncer (fundada por Rockefeller en 1913), el Instituto Nacional del Cáncer, y la Fundación de la Diabetes, llegaran siempre a controlar las noticias y consejos médicos locales, ofreciendo así solamente terapias tóxicas para el cáncer que, día a día, añade miles de millones en ganancias para la industria médica organizada.

Convirtieron el “Denle una pastilla al enfermo” en el mantra de la medicina moderna y, después de tantos años, seguimos produciendo médicos que no saben nada (ni les interesa conocer) sobre beneficios de la nutrición, yerbas o cualquiera otra práctica holística; pero en cambio tenemos una sociedad esclavizada a las corporaciones médicas con el agravante de ser asociadas a la idea de “bienestar”.

En 2016, por ejemplo, los Estados Unidos gastaron el 17.8% de su producto interno bruto únicamente en atención médica y, la proporción de población con seguro de salud era del 90%; donde también (EU) tenía la mayoría de seguros de salud privados (55,3%)[2].

Los métodos que la FDA tacha de “no probados” son curas económicas para el cáncer y otras enfermedades y, sobre ellas, la American Chemical Society, ACS, y la FDA han realizado una lista de todo aquello que –aseguran– son “métodos no probados” contra el cáncer; esta lista incluye cualquier remedio natural, que no sea producido por la industria farmacéutica y cuya disponibilidad sea fácil y sin prescripción médica y, por supuesto, no patentable.

Seguramente cualquiera que lea este texto sabrá del daño provocado por las quimioterapias y la radiación al organismo; incluso, con frecuencia pueden ocasionar que el cáncer se extienda a otras partes del cuerpo. Para asombro del que escribe y posiblemente de quienes leen estas líneas, no son métodos comprobados, pero sí una terapia cara y patentada, que engañosamente fue incorporada como opción oficial para tratamiento de esta enfermedad.

Tal vez a todos nos ha pasado que, en la familia, los abuelos y/o las madres, contaban siempre con un remedio para cada enfermedad; también que históricamente los curanderos han compartido sus conocimientos y experiencia sin condiciones; sin embargo, en la medicina moderna existen candados legales para proteger la propiedad intelectual y el sistema de patentes de fármacos o técnicas médicas.

Ante la falta de nuevos medicamentos, se ha dicho que muchos científicos han empezado a buscar en la medicina tradicional nuevos fármacos, a lo que llaman ‘bioprospección’, por lo que investigadores han solicitado patentes para proteger compuestos medicinales que se han venido usando durante siglos para tratar algunas enfermedades[3].

Entre otros tópicos para investigación periodística está el lanzamiento hindú (en 2001) de una Biblioteca Digital de Conocimientos Tradicionales[4], TKDL, (especialmente remedios usuales y plantas medicinales, 24 millones de páginas), esto ante la “biopiratería” y la famosa “bioprospección”, al grado que la Oficina Europea de Patentes, ya la viene revisando antes de otorgar nuevas patentes.


[1] https://prezi.com/cicwpjim8elo/el-reporte-flexner/

[2] https://www.fundacionfemeba.org.ar/blog/farmacologia-7/post/gasto-en-atencion-medica-en-los-estados-unidos-y-otros-paises-de-altos-ingresos-45453

[3] https://www.oei.es/historico/divulgacioncientifica/reportajes100.htm

[4] http://www.ideassonline.org/public/pdf/PlantsCatalogueIndiaESP.pdf

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